Á poco rato vió Segundo que los dos hermanos y el ex-ministro recorrían el huerto, departiendo y gesticulando acaloradamente. Clodio acusaba, defendíase Primo, y conciliaba don Victoriano. En su furia, Clodio metía á Primo los puños en la cara, le desabrochaba el chaleco, mientras el inculpado sólo acertaba á contestar tartajosamente, haciéndose cruces muy de prisa:

—Jesús, Jesús, Jesús... ¡Avemaría de gracia!

El poeta les miraba pasar, observando la transformación de D. Victoriano. Al retirarse del balcón, vió enfrente de sí á Nieves que le decía con afabilidad:

—¿Y esos señores? ¿Le dejan á V. solito? Á estas horas ya deben cantar los pinos. Se ha levantado brisa.

—De fijo cantan ahora, contestó el poeta. Yo los oiré desde la silla del caballo, camino de Vilamorta.

El movimiento de sorpresa de Nieves no pasó inadvertido para Segundo, que clavando los ojos en ella, añadió con soberbia y frialdad:

—Á no ser que V. me mandara quedarme.

Nieves enmudeció. Por cortesía, figurábase que era preciso detener al huésped; y al mismo tiempo, eso de decirle,—quédese V.—, estando los dos solos, le pareció cosa rara y grave compromiso. Al fin, con risa forzada, pronunció una frase ambigua:

—¿Pero qué prisa tiene V.? Y... ¿volverá usted á hacernos otra visita?...

—Ya nos veremos en Vilamorta... Adiós, Nieves... No quiero interrumpir á D. Victoriano... Salúdele V. de mi parte y que cuente conmigo y con mi padre para todo.