Sin tomar la mano que Nieves le tendía y sin volver la cara, bajó al patio. Sentaba el pie en el estribo, cuando una figurilla menuda saltó allí cerca. Era Victorina que traía las manos llenas de terrones de azúcar y venía á ofrecérselos al jaco. Este alargaba ansiosamente sus belfos, con ondulaciones inteligentes de trompa de elefante. Segundo intervino.
—Hija, va á morderte... mira que muerde...
Luego, en tono festivo, añadió:
—¿Quieres que te aupe aquí? ¿No? ¡Á que sí te aupo!
La cogió y la sentó en el borren delantero de la silla. Forcejeaba la niña para escaparse, y su hermoso pelo envolvía la cara y hombros de Segundo, que la sujetaba por debajo de los brazos y por el talle. No sin sorpresa reparó que el corazón de la niña palpitaba fuerte y desordenadamente, bajo la imperceptible turgencia del seno impúber. Victorina, muy pálida, gritaba:
—¡Mamá... mamá!
Al fin logró desasirse, y echó á correr hacia Nieves, que se reía á carcajadas del suceso. Á medio camino se detuvo, retrocedió, anudó los brazos al cuello del caballo, y le dió, en el mismo hocico, un beso muy cariñoso.