—¡Ah! ¡Una cosa soberbia! Mejor que el retrato de La Ilustración.
En el portal del Ayuntamiento redoblaron las dificultades, y fué preciso hollar sin misericordia pechos, vientres y espaldas de personas instaladas allí, y resueltas á no menearse ni perder el sitio.
—Mire V. qué pedazos de asnos—murmuraba Agonde...—Aunque uno los pisotee, nada... no se levantarán. Esos no tienen posada, y pasan ahí la noche; mañana se desperezan y se van tan contentos á sus aldeítas...
Saltaron como pudieron por encima de aquel amasijo, donde en repugnante promiscuidad se amontonaban hombres, mujeres y muchachos entrenzados, adheridos, revueltos. Aún por los descansos de la escalera yacían grupos sospechosos, ó roncaba un labriego chispo, ahíto de pulpo, ó contaba cuartos en el regazo una vieja. Entraron en el salón, donde no había más luz que la dudosa proyectada por los vasos de colores. Algunas señoritas ocupaban ya el balcón; pero el Alcalde, sombrero en mano, deshaciéndose de puro solícito, las fué arrinconando para dejar ancho sitio á Nieves, á Victorina y á Carmen Agonde, en torno de las cuales se formó una especie de círculo ó tertulia obsequiosa. Trajeron sillas á las señoras, y á don Victoriano se lo llevó el Alcalde á la Secretaría, donde le esperaban en una bandeja botellas de Tostado y tagarninas infames. La chiquillería y las muchachas se colocaron en primera fila, apoyándose en el antepecho del balcón, desafiando el riesgo de que un cohete se les viniese encima. Quedóse Nieves algo más retirada, y se envolvió mejor en su chal argelino tramado de plata, porque en aquel salón lóbrego y vacío se notaba fresco. Había á su lado una silla desocupada, y de repente se apoderó de ella un bulto humano.
—Adiós, García... Dichosos los ojos... Hace dos días que no le vemos.
—Ni ahora me ve V. tampoco, Nieves—murmuró el poeta inclinándose para hablarla en voz baja.—No es fácil verse aquí.
—Es verdad...—contestó Nieves turbada por tan sencilla observación.—¿Cómo no habrán traído luz?
—Porque perjudicaría al efecto del fuego... ¿No le gusta á V. más esta especie de penumbra?—añadió anticipándose á sonreírse de lo muy selecto de la frase.
Nieves no chistó. Instintivamente le agradaba la situación, que era delicadísima mezcla de riesgo y seguridad, y tenía sus puntas de romancesca; sentíase protegida por el abierto balcón, por las chicas que se agolpaban en él, por la plaza donde hormigueaba la multitud, y de donde salían rumores oceánicos y cantos y voces confusas, llenas de amante melancolía; pero al mismo tiempo la soledad y tinieblas del salón y la especie de aislamiento en que se hallaban ella y el Cisne preparaban una de esas ocasiones casuales que tientan á las mujeres semi-livianas, no tan apasionadas que se despeñen ni tan cautas que huyan hasta la sombra del peligro.
Siguió callada, sintiendo casi en su rostro el aliento de Segundo. De pronto se estremecieron ambos. El primer cohete rasgaba el cielo con prolongadísimo arco luminoso, y su estallido, aunque apagado por la distancia, levantaba en la plaza un clamoreo. En pos de aquella centinela avanzada salieron unas tras otras, á intervalos iguales, ocho formidables, pausadas y retumbadoras bombas de palenque, la señal anunciada en el programa de las fiestas. Retemblaba el balcón al grave estampido, y Nieves no se atrevía á mirar al firmamento, sin duda por temor de que se viniese abajo con la repercusión de las bombas. Parecióle después ruido grato y ligero el de los voladores que á porfía se iban persiguiendo por las soledades del espacio.