Fueron los primeros cohetes vulgares y sin novedad alguna; un trazo de luz, un tronido sofocado y un haz de chispas. Mas en breve les llegó el turno á las sorpresas, novedades y maravillas artísticas. Fuegos había que al estallar se partían en tres ó cuatro cascadas de lumbre, y con fantástica rapidez se sepultaban en las profundidades del cielo; de otros se desprendían, con misteriosa lentitud y silencio, lucecillas violadas, verdes y rojas, igual que si los angelitos volcasen desde arriba una caja llena de amatistas, esmeraldas y rubíes. Caían las luces despacio, despacio, como lágrimas, y antes de llegar al suelo se extinguían repentinamente. Lo más bonito eran los cohetes de lluvia de oro, que exhalaban caprichosamente una constelación de chispas, un chorro de gotas de lumbre tan presto encendidas como apagadas. No obstante, el regocijo de la plaza fué mayor ante los fuegos de tres estallos y culebrina. Estos no carecían de gracia; salían y estallaban como los cohetes sencillos, y de allí á poco soltaban una lagartija de luz, un reptil que bufando y haciendo eses correteaba por el cielo y se hundía de golpe en la sombra.
Tan pronto se quedaba á oscuras la escena como se inundaba de claridad y parecía ascender hasta el balcón la plaza, con su avispero de gente, las manchas de color de los tinglados y los cientos de rostros humanos vueltos hacia arriba, disfrutando y saboreando el gran placer de los hijos de Galicia, raza que ha conservado el culto y amor del celta por los fenómenos ígneos, por la noche iluminada, compensación del brumoso horizonte diurno.
También á Nieves le gustaba la alternativa de la luz con las tinieblas, fiel imagen del estado ambiguo de su alma. Cuando el firmamento se encendía y resplandecía, ella alzaba los ojos, atraída por la brillantez y júbilo de las luminarias que daban á momentos tan agradables un colorido veneciano. Cuando volvía á quedarse todo oscuro, atrevíase á mirar al poeta, sin verle, pues sus pupilas, deslumbradas por la pirotecnia, no distinguían los contornos. El poeta, en cambio, tenía las suyas tenazmente fijas en Nieves, y la veía inundada de claridad, con ese matiz lunar hermoso y raro que presta la lucería de los cohetes, y que centuplica la suavidad y frescura de las facciones. Sentía vivos impulsos de condensar en una frase ardiente todo lo que ya era hora de decir, y se inclinaba... y al fin, pronunciaba un nombre...
—¿Nieves?
—¿Qué?
—¿No había V. visto nunca fuegos así?
—Nunca... Es una especialidad de este país... ¡Me gustan mucho! Si fuese poeta como usted, diría de ellos cosas bonitas. Ande V., discurra V. alguna...
—Así debe brillar la felicidad en nuestra vida... breves momentos, Nieves... pero mientras brilla... mientras la sentimos...
Segundo renegaba en su interior de la frase pretenciosa, que no acababa de salir... ¡Qué simplezas estaba ensartando! ¿No era mejor bajarse otro poco más y tocar con los labios?... ¿Y si grita?... ¡No gritará, vive Dios! Ánimo...
En el balcón se armó un alboroto. Carmen Agonde, á voces, llamaba á Nieves.