—¡Á mí!—exclamó la amazona enderezando su robusto cuerpo. ¡Como no fuesen ellos los encerrados!
—Pero si me cogieron la acción...—aseguraba la de Agonde poniendo el rostro compungido de un bebé.—Mire, Nieves, me dijeron así: «Eche las manos atrás, Carmiña, que le vamos á meter en ellas una monedita de cinco duros». Y yo las eché... ¡y fueron tan traidores que me las ataron!
Aquí Nieves hacía coro á las carcajadas de las dos hermanas. Aquella sencillez no se ha de negar que tenía mucho gracejo. Nieves creía vivir en un mundo nuevo donde no existía la rutina, las gastadas fórmulas de la sociedad madrileña. Es verdad que tan candorosos y bulliciosos deportes podían rayar en inconvenientes ó groseros, pero á veces eran verdaderamente entretenidos. Desde que se levantaban los huéspedes, á la mesa, por las tardes, todo era solaz y jarana. Teresa se había propuesto no dejar comer en paz á Tropiezo, y con suma destreza cogía al vuelo las moscas y se las echaba disimuladamente en el caldo, ó le escanciaba vinagre en vez de vino, ó le untaba de pez la servilleta á fin de que se le pegase á la boca. Para el arcipreste tenía otra chanza: la de hacerle hablar de ceremonias, conversación á que era muy afecto, y al verle entretenido retirarle de delante el plato, que equivalía á arrancarle la mitad del corazón.
De noche, en el salón de los espejos turbios, donde el piano y las mecedoras campeaban, formábase una brillante tertulia: se cantaban trozos de anticuadas zarzuelas, como El Juramento y El Grumete; se jugaban partidas de burro escondido y sin esconder, de brisca con señas y de malilla; cansados de los naipes, acudían á las prendas, al florón, á apurar una letra y á adivinar el pensamiento... Y despierta ya la retozona sangre campesina, se pasaba á juegos físicos, á las cuatro esquinas, á la gallina ciega, que tienen la sal y pimienta del ejercicio, del grito, del encontrón y la palmada...
Recogíanse después excitados aún por el juego, y era la hora más tremenda, la de las grandes diabluras: la hora en que se ataban cerillas encendidas al cuerpo de los grillos, para meterlos por debajo de la puerta del dormitorio; la hora en que se quitaban tablas á la tarima de Tropiezo, para que, al acostarse, se hundiese y diese formidable costalada... Oíanse por los corredores risas, pasos tácitos, y se veían bultos blancos que se escurrían precipitadamente, y puertas que se cerraban con llave y ante las cuales se amontonaban muebles, mientras salía de dentro una voz gruesa y pastosa diciendo:
—¡Que vienen!
—¡Cerrar bien, chicas!... ¡No se abre ni al Espíritu Santo!...