Ni Primo Genday, ni Méndez se dan punto de reposo. Hay que atender á las cuadrillas de vendimiadoras y vendimiadores que vienen de distantes parroquias á alquilarse, distribuirles la labor, organizar el movimiento de la recolección para que resulte armónico y fructuoso. Y es que el trabajo de la vendimia se asemeja algo á una gran batalla, donde se exije al soldado extraordinario desarrollo de energía, despilfarro de músculos y sangre, pero en desquite es preciso tenerle siempre prevenido lo necesario para reparar sus fuerzas en los momentos de descanso. Para que la gente vendimiadora estuviese dispuesta y animada á la penosa faena, importaba que encontrasen á punto, en la bodega, la ancha vasija llena de mosto donde bebiesen á discreción los carretones, al llegar exhaustos de subir el pesado coleiro ó cestón henchido de uva por las cuestas agrias; importaba que el espeso caldo de calabazo, condimentado con sebo de carnero, las sardinas arenques y el pan de centeno abundasen cuando los reclamaba el apetito devorador de las cuadrillas; á cuyo fin, ni se apagaba el hogar de las Vides, ni nunca se veían desocupados los calderos enormes donde hervía el rancho.
Si á esto se añade la presencia de huéspedes numerosos y distinguidos, se comprenderá el bullicio del caserón solariego en tan incomparables días. Encerraban sus paredes, aparte de la familia Comba, á Saturnino y Carmen Agonde, al joven y afable cura de Naya, al monumental arcipreste de Loiro, á Tropiezo, á Clodio Genday, al señorito de Limioso y á las dos señoritas de Molende. Hallábanse allí representadas todas las clases y era como microcosmos ó breve compendio del mundo de aquella provincia; atraídos los curas por Primo Genday, los radicales por el diputado, y la aristocracia por el mayorazgo Méndez. Y toda esta gente de tan diversa condición, al encontrarse reunida, se dió á divertirse y gozar en la mejor armonía y concordia.
Al júbilo de los vendimiadores respondía como un eco el de los huéspedes. Era imposible resistir á la expansión báquica, á la embriaguez que se respiraba en el aire. Entre los espectáculos deleitosos que la naturaleza ofrece, no cabe otro más grato que el de su fecundidad en la vendimia: aquellos cestos colmados de racimos rubios ó del color de la cuajada sangre, que hombres fornidos, casi desnudos, semejantes á faunos, suben y vacían en la cuba ó en el lagar; aquella risa de las vendimiadoras escondidas entre el follaje, disputando, desafiándose á cantar desde una viña á otra, desafíos que concluían al anochecer como concluyen todas las expansiones violentas en que se gasta mucho vigor muscular; por desahogos melancólicos, por algún prolongado gemido céltico, algún quejumbroso a-laá-laá... La pagana sensación de bienestar, el rústico regocijo, el contentamiento de vivir, se comunicaban á los espectadores de tan lindos cuadros; y por la noche, mientras los coros de faunos y bacantes bailaban al son de la flauta y la pandereta, el señorío se divertía tumultuosamente, con pueriles retozos, en el caserón.
Dormían las señoritas juntas en una gran pieza destartalada, la sala del Rosario, y á los huéspedes varones les había alojado Méndez en otra sala muy espaciosa, llamada del Biombo, por encerrar uno tan feo como antiguo; sin que de este sistema de acuartelamiento quedase exento más que el arcipreste, cuya obesidad y ronquidos eran tales, que ninguna persona medianamente sensible le podría sufrir por compañero de dormitorio; y con estar así repartida en dos secciones la gente traviesa y maleante, sucedió que vino á armarse una especie de guerra, y que las inquilinas de la sala del Rosario sólo pensaban en hacer travesuras á los inquilinos de la del Biombo, resultando de aquí mil chistosas invenciones y divertidas escaramuzas. Entre los dos campos estaba uno neutral: la familia de Comba, respetada en su sueño, invulnerable en materia de bromas pesadas, si bien el bando femenino solía tomar á Nieves por confidente é inspiradora.
—Nieves, venga acá... Nieves, mire qué tonta es Carmen Agonde... Mire... dice que le gusta más el arcipreste, ese barril, que D. Eugeniño, el de Naya... Porque dice que le da mucha risa ver cómo suda, y aquellas rollas de carne que tiene en el cogote... Y diga, Nieves, ¿qué le haremos esta noche á D. Eugeniño? ¿Y á Ramón Limioso, que todo el día nos está desafiando?
La que así hablaba era por lo regular Teresa Molende, morena y hombruna, de negros ojos, buen ejemplar de raza montañesa.
—La de ayer nos la han de pagar—añadía su hermana Elvira, la sentimental poetisa.
—¿Pues qué ha sido?
—Ha de saber V. que encerraron á Carmen ¡son el demonio! La encerraron en el cuarto de Méndez... ¡Lo que no discurren! Le ataron las manos atrás con un pañuelo de seda, le taparon la boca con otro para que no chillase, y me la dejaron allí como el ratón en la ratonera... Nosotros busca que te busca á Carmen, y Carmen sin aparecer... Nosotros echando malos pensamientos... Hasta que va Méndez á acostarse y me la ve allí... Por supuesto que tropezaron con esta boba, que si dan conmigo...
—Lo mismo la encerraban á V.—alegó Carmen.