—¿Me hiciste cigarros?
—Toma, contestó ella, metiendo la mano en la faltriquera y sacando un puñado de cigarrillos. Docena y media por junto pude amañarte. Ya te completaré las dos esta noche antes de irme á la cama.
Se oyó el ¡risssch! del fósforo, y con la voz atascada por la primer bocanada de humo, volvió Segundo á preguntar:
—¿Pues qué, ha sucedido algo nuevo?
—Nuevo... no. Las chiquillas... arreglar la casa... luego Minguitos... Me levantó dolor de cabeza á quejarse... ¡á quejarse toda la tarde de Dios! Decía que le dolían los huesos. ¿Y tú? ¿por ahí muy ocupado? ¿matándote á leer? ¿discurriendo? ¿escribiendo, eh? ¡De seguro!
—No... Dí un paseo muy hermoso. Fuí á Penas-albas y volví por Santa Margarita... Una tarde de las pocas.
—Vaya, que harías algún verso.
—No, mujer... Los que hice, los hice anoche, después de retirarme.
—¡Ay! ¡y no me los decías! Anda, por las ánimas... anda, recita, que los has de saber de memoria. Anda, niño Jesús.
Á la súplica vehemente siguió arrebatada caricia, que se perdió entre pelo y sienes del poeta. Éste alzó los ojos, se hizo un poco atrás, dejó el cigarro entre los dedos, sacudiendo antes con la uña la ceniza, y recitó.