Era una becqueriana el parto de su ingenio. El auditorio, después de escucharla con religiosa atención, púsola por cima de cuantas produjo la musa del gran Gustavo. Y se pidió otra, y otra, y algún pedacito de Espronceda, y qué se yo qué fragmentos de Zorrilla. Ya no ardía el cigarro: tiró el poeta la colilla, y encendió uno nuevo. Reanudaron la plática.

—¿Cenamos pronto?

—Enseguidita... ¿Sabes qué tengo para darte? Discurre.

—¿Qué se yo, mujer?...

—Piensa tú lo que te gusta más. Lo que te gusta más, más.

—¡Bah!... Ya sabes que yo... Con tal que no me des nada ahumado, ni grasiento...

—¡Tortilla á la francesa! ¿No acertabas, eh? Mira, encontré la receta en un libro... Como te había oído que era cosa buena, estuve de ensayo... Las tortillas las hacía yo siempre á estilo de por acá, espesitas, que se puedan tirar contra la pared y no se deshagan... Pero esta... me parece que ha de estar á tu gusto. Lo que es á mí, poco me sabe... prefiero las antiguas. Se la enseñé á Flores... ¿Qué tenía dentro la que comiste en la fonda de Orense? ¿Perejil picado, eh?

—No, jamón. ¿Pero qué más da?

—¡Voy corriendo á sacarlo de la alacena! yo creía... ¡El libro dice perejil! Aguarda, aguarda.

Volcó su silla baja por andar más aprisa, y se oyó á lo lejos el repique de sus llaves y el batir de algunas puertas; una voz cascada gruñó en la cocina no sé qué. Á los dos minutos regresaba.