—¿Mira, y esos versos, no se imprimen? ¿No los he de ver en letras de molde?

—Sí, respondió el poeta, volviendo lentamente la cabeza y soltando una bocanada de humo. Allá van camino de Vigo, á Roberto Blánquez para que los inserte en el Amanecer.

—¡Me alegro! ¡Tendrás tú más fama, corazón salado! ¿Cuántos periódicos hablan de tí?

Segundo se rió irónicamente, encogiéndose de hombros.

—Pocos... Y, un tanto cabizbajo, dejó vagar la mirada por las macetas y por la copa del álamo, que se mecía con agradable susurro de hojas. Estrechaba maquinalmente el poeta la mano de su interlocutora, y ésta correspondió á la presión con ardorosa energía.

—Y claro, ¿cómo quieres que hablen de tí, si al fin no firmas los versos? interrogó ella. No saben de quién son. Andarán discurriendo...

—Qué más da... Lo mismo que de Segundo García, pueden hablar del seudónimo que he adoptado. ¡Bonito nombre el mío para andar en papeles! ¡Segundo García! El poco público que se moleste en leer lo que escribo, me llamará el Cisne de Vilamorta.


II