Las risas y el alboroto aumentaban abajo. Era que, agotados los versos, Victorina y Teresa habían propuesto jugar al escondite. Victorina chillaba á cada momento:—¡Tulé... panda Teresa! ¡Tulé... panda Segundo!—Era el huerto muy adecuado para semejante ejercicio, á causa de su complicación casi laberíntica, debida á estar dispuesto en inclinadas mesetas, sostenidas por paredillas, divididas por tupidísimo arbolado, y comunicadas por escalinatas desiguales, como sucede á las fincas todas en tan accidentado país. Así es que el juego producía gran alborozo, pues difícilmente conseguía el que pandaba acertar con los escondidos.
Procuraba Nieves ocultarse bien, por pereza, por no pandar y tener luego que correr mucho detrás de los demás jugadores. Deparóle la fortuna un refugio soberbio, el limonero grande, situado al extremo de una meseta, cerca de varias escalerillas que favorecían la retirada. Se emboscó, pues, en lo más denso de la gruta de follaje, haciendo por disimular su vestido claro. Breves momentos llevaba allí, cuando la oscuridad aumentó y una voz murmuró muy quedo:
—¿Nieves?
—¡Eh!... chilló asustada.—¿Quién me busca por aquí?
—No, no la buscan á V.... Sólo yo la busco, exclamó enérgicamente Segundo, penetrando en el albergue de Nieves con tanta impetuosidad, que los tardíos azahares que aún blanqueaban en las ramas del corpulento árbol soltaron sus pétalos sobre la cabeza de los dos, y gimió armoniosamente el ramaje.
—Por Dios, García, por Dios... No sea usted imprudente... márchese V.... ó déjeme salir... Si vienen y nos encuentran aquí, qué dirán... por Dios...
—¿Qué me vaya?... pronunció el poeta. Pero señora, aunque me encuentren aquí... no tendrá nada de particular; hace un rato estuve con Teresa Molende allá detrás de un camelio... ó se juega ó no se juega... En fin, si V. lo manda, por darle gusto... Pero antes, dígame V. una cosa que necesito saber...
—En otra parte... en el salón... balbució Nieves, prestando ansioso oído á los lejanos rumores y gritos del juego.
—¡En el salón!... ¡Rodeados de unos y de otros!... No, no puede ser... Ahora, ahora... ¿usted me oye?
—Sí, ya oigo, pronunció ella con voz apagada por el temor.