—Pues la adoro, Nieves. La adoro y V. me quiere á mí.
—¡Chisst! ¡silencio, silencio! Están cerca... Suenan así como pasos...
—No, son las hojas... Dígame que me quiere, y me voy.
—¡Qué vienen! Por Dios, ¡yo me voy á morir del susto! Basta de broma. García; yo le suplico...
—Sabe V. demasiado que no es broma... ¿Ya no se acuerda V. del día de los fuegos? Si V. no me quisiese, aquel día hubiera apartado el cuerpo... ó gritado... V. me mira á veces... me devuelve las miradas... ¡No me lo puede V. negar!
Segundo estaba al lado de Nieves, hablando con arranque fogoso, pero sin tocarla, por más que la embalsamada y rumorosa celda que ocupaban ambos oprimiese blandamente sus cuerpos, como aconsejándoles aproximarse. Pero Segundo se acordaba de las frías y duras ballenas, y Nieves, trémula, se echaba atrás. Trémula, sí, de miedo. Podía llamar á la gente; pero si Segundo no se desviaba, qué disgusto, qué explicaciones, qué vergüenza. Después de todo, el poeta llevaba razón: la noche de los fuegos ella había sido débil, y estaba cogida. ¿Y qué haría Segundo después de oír el sí? Él reiteraba su orgullosa y vehemente afirmación.
—Usted me quiere, Nieves... V. me quiere... Dígalo una vez, una sola, y me marcho...
Dejóse oír á corta distancia la voz acontraltada de Teresa Molende, haciendo una especie de convocatoria...
—Nieves, ¿dónde está? Victoriniña, Carmen... adentro, que cae rocío...
Y otro órgano atiplado, el de Elvira, lanzó á los ecos: