—¡Segundo! ¡Segundo! ¡Nos retiramos!

Caía, en efecto, esa mollizna imperceptible que refresca las noches calurosas de Galicia; las hojas charoladas del limonero, en el cual se embutía Nieves para desviarse de Segundo, estaban húmedas de relente; el poeta se inclinó y sus manos encontraron otras heladas de frío y pavor... Apretólas hasta estrujarlas.

—Ó me dice V. si me quiere...

—¡Pero Dios mío, están llamándonos... me echan de menos... tengo frío!

—Pues dígame la verdad. Si no, no hay fuerzas humanas que de aquí me arranquen... suceda lo que suceda. ¿Tan difícil es decir una palabra sola?

—¿Y qué he de decir, vamos?

—¿Me quiere V.? Sí ó no.

—¿Y me deja V. salir... ir á casa?

—Todo... todo... ¿pero me quiere V.?

El no se oyó casi. Fué una aspiración, una s prolongada. Segundo le deshacía las muñecas.