—¿Me quiere V.... como yo la quiero? Dígalo usted claro.

Esta vez Nieves, con esfuerzo, articuló un redondo. Segundo le soltó las manos, se llevó las suyas á la boca en apasionado ademán de gratitud, y saltando por las escalerillas, desapareció entre los frutales.


XIX

Respiró Nieves. Estaba... así... como aturdida. Sacudió las muñecas, doloridas por la presión de los dedos de Segundo, y se compuso el pelo, mojado de rocío y revuelto con el roce del ramaje. ¿Qué había dicho, señor?... Cualquier cosa, para salir de tan grave aprieto... Ella se tenía la culpa, por apartarse de la gente y esconderse en un punto retirado... Y, con ese deseo de dar publicidad á los actos indiferentes, que acomete á las personas cuando tienen que ocultar algo, gritó llamando á todo el mundo:

—¡Teresa! ¡Elvira! ¡Carmen! ¡Carmen!

—¿Dónde está? ¡Nieves! ¡Nieves! respondieron desde varios sitios.

—Aquí... junto al limonero grande... ¡Ya voy!