Cuando entraron en la casa, Nieves, más serena, recapacitaba y se asombraba de sí misma. ¡Decirle á Segundo que sí! Ello había salido medio á la fuerza; pero al cabo, había salido de su boca. ¡Qué atrevimiento el del poeta! Imposible parecía que fuese tan resuelto el chico del abogado de Vilamorta. Ella era una dama de distinción, muy respetada: su marido acababa de ser ministro. Y aquella familia de García... ¡Bah!... unos nadies; el padre usaba cada cuello deshilachado, que daba pena; no tenían criada, las hermanas corrían descalzas á veces... El mismo Segundo, á la verdad... se le notaba muchísimo el aire de provincia, y el acento gallego. No, feo no podía llamársele: tenía algo de particular en la cara y en el tipo... ¡Hablaba con tanta pasión! Como si en vez de rogar mandase... ¡Qué aire de dominio el suyo! Y era lisonjero un perseguidor así, tan entusiasta é intrépido... ¿Quién se había enamorado de Nieves hasta la fecha? Cuatro galanterías, uno que la miraba con los gemelos... Todo el mundo en Madrid la trataba con esa tibieza y consideración que inspiran las señoras respetables...
Por lo demás, no dejaba de comprometerla aquel empeño de Segundo. ¿Se enterarían las gentes? ¿Lo notaría su marido? ¡Bah!... su marido sólo pensaba en sus achaques, en las elecciones... Con ella apenas hablaba de otra cosa. ¿Y si se hacía cargo? ¡Qué horror, Dios mío! Y las del escondite, ¿no maliciarían?... Elvira se mostraba más lánguida y suspirona que de costumbre... ¡Á Elvira le gustaba Segundo! Á él... no; él no le hacía pizca de caso... Y los versos de Segundo sonaban bien, eran lindos; podían figurar en La Ilustración... En fin... Como antes de las elecciones tendrían que marcharse á Madrid, apenas existía peligro grave... Siempre le quedaría un grato recuerdo del veraneo... El caso era evitar, evitar...
No se atrevió Nieves á decirse á sí misma lo que convenía evitar, ni había dilucidado este punto cuando penetró en el salón, donde la partida de tresillo funcionaba ya. Sentóse la señora de Comba al piano, y tecleó varias cosillas ligeras, polkas y rigodones, para que bailasen las muchachas. Estas le pidieron á voces otra música.
—Nieves, ¡la muiñeira!
—¡La riveirana, por Dios!
—¿La sabe toda, Nieves?
—Todita. ¿Pues no la he oído en las fiestas?
—Á echarla. Venga de ahí.
—¿Quién la echa?
—¿Quién la repinica? ¡Á ver, á ver!