Alzáronse varias voces delatoras.

—Teresa Molende... ¡juy! Da gusto vérsela bailar.

—¿Y la pareja?

—Aquí... Ramonciño Limioso, que puntea que es un pasmo.

Reíase Teresa, con viriles y sonoras carcajadas, jurando y perjurando que había olvidado la muiñeira, que nunca la supo á derechas. De la mesa de tresillo se elevó una protesta: la del dueño de la casa, Méndez. ¡Vaya si Teresiña bailaba bien! Que no se disculpase, que no le valía la disculpa: no había en todo el Borde moza que echase la riveirana con más salero: es verdad que cada día se iba perdiendo la costumbre y el chiste para estas cosas tradicionales, antiguas...

Cedió Teresa, no sin afirmar por última vez su incompetencia. Y después de recogerse con alfileres la falda del vestido para que no le hiciese estorbo, cesó de reír, y adoptó un continente modesto y candoroso, dejando caer el velo de los párpados encima de sus gruesos y ardientes ojos, inclinando la cabeza sobre el pecho, descolgando los brazos á lo largo del cuerpo, é imprimiéndoles leve oscilación, mientras frotaba una contra otra las yemas del pulgar é índice; y así, andando á menudos pasitos, con los pies muy juntos, siguiendo el ritmo de la música, fué dando la vuelta al salón con singular decoro y la mirada puesta en el piso, deteniéndose al fin en el testero. Mientras esto sucedía, el señorito de Limioso se quitaba su chaquet rabicorto, quedándose en mangas de camisa, se calaba el sombrero, y pedía un objeto indispensable.

—Victoriña, las postizas.

Corrió la niña y trajo hasta dos pares de castañuelas. El señorito afianzó el cordón entre los dedos, y previo un arrogante repique, entró en escena. Era la propia estampa de don Quijote en lo seco y avellanado, y como al hidalgo manchego, no se le podía negar distinción y señorío, por más que imitase escrupulosamente los torpes movimientos de los mozos aldeanos. Colocóse delante de Teresa, y la requirió con un punteo apresurado, cortés, pero apremiante, análogo á una declaración de amor. Unas veces hería el suelo con toda la planta del pie, otras con el talón ó la punta sola, dislocando el tobillo y haciendo mil zapatetas, al par que tocaba briosamente las postizas, que en manos de Teresa respondían con débil y pudoroso repiqueteo. Echando el sombrero atrás, el galán miraba osadamente á su pareja, acercaba el rostro al de ella, la perseguía, la acosaba tiernamente de mil modos, sin que Teresa modificase nunca su actitud humilde y sumisa, ni él su aspecto conquistador, sus gimnásticos y resueltos movimientos de ataque.

Era el amor primitivo, el galanteo de los tiempos heróicos, revelado en aquella expresiva danza cántabra, guerrera y dura; la mujer dominada por la fuerza del varón y, mejor que enamorada, medrosa; todo lo cual resultaba más picante atendido el tipo de amazona de Teresa y el habitual encogimiento y circunspección del señorito. Llegó, sin embargo, un instante en que el galán asomó bajo el vencedor bárbaro, y en medio de los más complicados y rendidos zapateos, dobló la rodilla ante la hermosa, haciendo la figura conocida por punto del Sacramento. Fué instantáneo: púsose en pie de un brinco, y dando á su pareja un halagüeño empellón, quedaron de espaldas el uno al otro, pegaditos, acariciándose y frotando amorosamente hombro contra hombro y espinazo contra espinazo. Á los dos minutos se separaron de golpe, y con algunos complicados ejercicios de tobillo y algunas vueltas rápidas que arremolinaron las enaguas de Teresa, acabó la riveirana y estalló en la sala un motín de aplausos.

Mientras el señorito se enjugaba el sudor de la frente, y Teresa se desprendía la falda, Nieves, alzándose del piano, reparó que en el salón no se encontraba Segundo. La misma observación, pero en voz alta, hizo Elvira. Agonde les dió la clave del misterio.