La niña sometió la proposición á Nieves. Es el caso que Victorina estaba, de algún tiempo acá, más pegajosa y sobona que nunca con su madre: apoyaba continuamente la cabeza en su pecho, escondía la mejilla en el cuello de Nieves, paseábale las manos por el peinado, por los hombros y, sin causa ni motivo, murmuraba con voz que pedía caricias:

—¡Mamá... mamá!

Pero los ojos de la mujercita en miniatura, entornados, de mirada ansiosa y amante al través de las espesas pestañas, no estaban fijos en su madre, sino en el poeta, cuyas palabras bebía la chiquilla, poniéndose muy colorada cuando él le dirigía cualquier chanza, ó daba cualquier indicio de notar su presencia.

Nieves, al principio, se resistió algo, alardeando de persona formal.

—Pero quién te mete á tí en la cabeza...

—Mamá, cuando Segundo dice que los pinos cantan... Cantan, mujer: no te quepa duda.

—¿Pero tú no sabes... murmuró Nieves regalando al poeta una sonrisa con más azúcar que sal—que Segundo hace versos, y que los que hacen versos tienen permiso para... para mentir... un poco?

—No señora, exclamó Segundo: no enseñe usted á su hija errores; no la engañe V. Mentiras son, generalmente, las cosas que en sociedad hablamos, lo que tenemos que pronunciar con la lengua, aunque nos quede dentro lo contrario; pero en verso... En verso revelamos y descubrimos las grandes verdades del alma, lo que entre gentes hay que callar por respeto... ó por prudencia... Créalo V.

—Y dí, mamá: ¿vamos hoy á eso?

—¿Á qué, hija?