—Al pinar.

—Si te empeñas... ¡Qué manía de chica! Y es que también me pica á mí la curiosidad de oír esa orquesta...

Sólo tomaron parte en la expedición Nieves, Victorina, Carmen, Segundo y Tropiezo. Quedóse la gente mayor fumando y presenciando la importante operación de tapar y barrar algunas de las primeras cubas para que se aposentase el mosto, ya fermentado. Al ver salir la comitiva, les dijo Méndez con tono de paternal advertencia:

—Cuidado con la bajada... La hoja del pino, con estos calores, resbala, que parece que está untada de jabón... Darles el brazo á las señoras... Tú, Victorina, no seas loquita, no corras por allí...

Cosa de un cuarto de legua distaría el famoso pinar, pero se tardaban tres cuartos de hora lo menos en la subida, que era como al cielo, por lo pendiente, estrecha y agria, y á cierta distancia empezaba á alfombrarse de hoja de pino, bruñida, lisa y seca, que si facilitaría probablemente más de lo preciso el descenso, en cambio dificultaba el ascenso, rechazando el pie y cansando las articulaciones del tobillo y rodillas. Nieves, molestada, se detenía de vez en cuando, hasta que se cogió del rollizo brazo de Carmen Agonde.

—¡Caramba... es de prueba este camino! ¡Á la vuelta, el que no se mate no dejará de tener maña!

—Cárguese bien, cárguese bien, decía la robusta mocetona... Aquí ya se rompieron algunas piernas, de seguro... Esta subida pone miedo...

Arribaron por fin á la cima. La perspectiva era hermosa, con ese género de hermosura que raya en sublimidad. Hallábase el pinar, al parecer, colgado encima de un abismo; entre los troncos se divisaban las montañas de enfrente, de un azul ceniciento que tiraba á violeta por lo más alto y remoto; mientras á la otra parte del pinar, la que caía sobre el río, el terreno, muy accidentado, formaba un rapidísimo escarpe, una vertiente casi tajada, si no á pico, al menos en declive espantoso; y allá abajo, muy abajo, pasaba el Avieiro, no sosegado ni sesgo, sino alborotado y espumante, impaciente con la valla que le oponían unos peñascos agudos y negros, empeñados en detenerle y que sólo conseguían hacerle saltar con epiléptico furor, partiéndose en varios irritados raudales, que se enroscaban alrededor de las piedras á modo de coléricas y verdosas sierpes imbricadas de plata. Á los mugidos y sollozos del río hacía coro el pinar con su perenne queja, entonada por las copas de los pinos que vibraban, se cimbreaban y gemían trasmitiéndose la onda del viento, beso doloroso que les arrancaba aquel ¡ay! incesante.

Los expedicionarios se quedaron mudos, impresionados por el trágico aspecto del paisaje, que les echó á los labios un candado. Sólo la niña habló; pero tan bajito como si estuviese en la iglesia.

—¡Pues es verdad, mamá! Los pinos cantan. ¿Oyes? Parece el coro de obispos de La Africana... Si hasta dicen palabras... atiende... así con voces de bajo... como aquello de Los Hugonotes...