Convino Nieves en que efectivamente era musical y muy solemne el murmurio de los pinos. Segundo, apoyado en un tronco, miraba hacia abajo, al lecho del río; y como la niña se aproximase, la detuvo y la obligó á retroceder.
—No, hija... No te acerques... Es algo expuesto: si resbalas y ruedas por esa cuestecita... Anda, apártate.
No ocurriéndoseles ya más que decir sobre el tema de los pinos, se pensó en la vuelta. Inquietaba á Nieves la bajada, y quería emprenderla antes de que el sol acabase de ponerse.
—Ahora sí que nos rompemos algo, don Fermín...—decíale al médico.—Ahora sí que tiene usted que preparar vendajes y tablillas...
—Hay otro camino—afirmó Segundo saliendo de su abstracción.—Por cierto que bastante menos molesto, y con menos cuestas.
—¡Sí, vénganos con el otro camino!—exclamó Tropiezo, fiel á sus hábitos de votar en contra.—Aún es peor que el que trajimos.
—Hombre, qué ha de ser. Es un poco más largo, pero como tiene menos declive, resulta más fácil. Va rodeando el pinar.
—¿Me lo querrá V. enseñar á mí, á mí que me sé todo este país como mi propia casa? No se anda ese camino: se lo digo yo.
—Y yo le digo á V. que sí; y á la prueba me remito. No ha de ser V. terco en su vida. ¡Si lo pasé no hará muchos días! ¿Se acuerda usted, Nieves, la noche que jugamos al escondite en la huerta; la noche que me cerraron el portal y entré muy tarde ya por la paredilla?
Á no estar el lugar tan sombrío por lo espeso de los pinos y lo desmayado y escaso de la luz solar, se vería el rubor de Nieves.