—Vamos—dijo eludiendo la respuesta—por donde sea más fácil y haya mejor piso... Yo soy muy torpe para andar por vericuetos...
Segundo la ofreció el brazo, murmurando en tono de broma:
—Este bendito de Tropiezo está tan fuerte en caminos como en el arte de curar... Venga usted y se convencerá de que ganamos mucho.
Tropiezo, por su parte, decía á Carmen Agonde, meneando con obstinación la cabeza:
—Pues también hemos de tener el gusto de ir por el atajo y llegar antes que ellos, y sanos y buenos gracias á Dios.
Victorina, según costumbre, iba á colocarse al lado de su madre; pero el médico la llamó.
—Cójete aquí, al puño de mi bastón, anda, que si no, resbalarás... Á mamá le basta con no resbalar ella... ¡Y Dios nos aparte de un tropiezo! añadió riendo á carcajadas de su propio retruécano.
Las voces y los pasos se alejaron, y Segundo y Nieves prosiguieron su ruta, sin pronunciar una sola frase. Nieves empezaba á sentir cierto temor, por lo muy endiablado de la vereda que pisaban. Era un senderillo escavado en el desplome del pinar, al borde mismo del despeñadero, casi perpendicular con el río. Aunque Segundo dejaba á Nieves el lado menos expuesto, el del pinar, quedándose él sin tierra en que sentar la planta, y teniendo que poner un pie horizontalmente delante del otro, no por eso cedía el pavor en el ánimo de Nieves, ni le parecía menos arriesgada la aventura: se centuplicó su recelo al ver que iban solos.
—¡No vienen! murmuró con angustia.
—Les alcanzaremos antes de diez minutos... Van por el otro camino, respondió Segundo, sin añadir más palabra amorosa, ni estrechar siquiera el brazo que se crispaba sobre el suyo con toda la energía del terror.