—Pues vamos... suplicó Nieves con apremiante ruego.—Deseo llegar...
—¿Por qué? preguntó el poeta, que se detuvo de repente.
—Estoy cansada... sofocada...
—Pues va V. á descansar y á beber si gusta...
Y con loco ardimiento, sin aguardar respuesta, Segundo arrastró á Nieves, torció á la izquierda, bajó una cuestecilla, y dando vuelta á la roca, detúvose en una meseta estrecha que avanzaba atrevidamente sobre el río. Á los últimos rayos del sol se veía rezumar hilo á hilo, por la negra faz del peñasco, un límpido manantial.
—Beba V., si gusta... en el hueco de la mano, porque vaso no lo tenemos, indicó Segundo.
Nieves obedeció maquinalmente, sin saber lo que hacía, y soltando el brazo de Segundo, quiso acercarse al manantial; pero la base de la roca, continuamente bañada por el agua, había criado esa vegetación húmeda, que resbala como las algas marinas, y Nieves, al apoyar el tacón en el suelo, sintió que se deslizaba, que perdía el pie... Allá, en el fondo de su vértigo, vió el río terrible y mugidor, los cortantes peñascos que habían de recibirla y destrozarla, y sintió el frío ambiente del abismo... Un brazo la cogió por donde pudo, por la ropa, acaso por las carnes, y la sostuvo y la levantó en peso... Dobló ella la cabeza sobre el hombro de Segundo, y éste sintió por vez primera latir el corazón de Nieves bajo su mano... ¡Y bien aprisa! Latía de miedo. El poeta se inclinó, y derramó en la boca misma de Nieves esta pregunta:
—¿Me amas, dí? ¿me amas?
La respuesta no se oyó, porque, caso de haberse formado en la laringe, no pudieron los sellados labios articularla. Durante aquel brevísimo espacio de tiempo, que compendiaba, sin embargo, una eternidad, cruzó por el cerebro de Segundo cierta idea poderosa, destructora, como la chispa eléctrica... El poeta estaba de frente al precipicio, y Nieves á su orilla, de espaldas, sostenida únicamente por el brazo de su salvador. Con apretar un poco más los labios, con avanzar dos pulgadas é inclinarse, el grupo caería en el vacío... Era un final muy bello, digno de un alma ambiciosa, de un poeta... Pensándolo, Segundo lo encontraba tentador y apetecible... y no obstante, el instinto de conservación, un impulso animal, pero muy superior en fuerza á la idea romántica, le ponía entre el pensamiento y la acción muralla inexpugnable. Recreábase, en su imaginación, con el cuadro de los dos cadáveres enlazados, que las aguas del río arrastrarían... Hasta presentía la escena de recogerlos, las exclamaciones, la impresión profunda que haría en la comarca un suceso semejante... y algo, algo lírico que se agitaba y latía en su alma juvenil, le aconsejaba el salto... pero á la vez, un frío temor le congelaba la sangre, obligándole á caminar poco á poco, y no hacia el abismo, sino en sentido contrario, hacia la senda...
Todo esto, breve en la narración, fué momentáneo en el cerebro. Segundo advertía en sí un hielo, que le paralizaba para el amor como para la muerte... Era la yerta boca de Nieves, desmayada en sus brazos...