Sentada Nieves ante la mesita donde tenía abierto su neceser y colocado un espejillo de pie con marco de plata, iba desprendiendo una á una las horquillas de concha que sujetaban las roscas de su moño, y Mademoiselle recogía y alineaba las horquillas primorosamente en un estuche... Entrenzó después el pelo á Nieves, y ésta se echó atrás, respirando con esfuerzo; de pronto, alzó la cabeza.
—¿Si me pudiese V. hacer una taza de tila?... ¿Allá en su cuarto... sin molestar?
Salió la francesa, y Nieves, muy cavilosa, apoyó el codo en la mesa y la mejilla en la palma de la mano, sin dejar de mirarse al espejo... Estaba con una cara de desenterrada, que imponía. No, aquella vida no podía continuar, ó de lo contrario la llevarían al cementerio... Encontrábase nerviosísima: ¡qué escalofríos, qué desazón, qué momentos tan amargos! Había visto la muerte cara á cara, y pasado más sustos, más recelos, más congojas en un día que en todos los años anteriores de su existencia. Si eso era el amor, á la verdad tenía poco de divertido: no servía ella para tales agitaciones... Una cosa es que agrade parecer bonita y oírlo y aun poseer un rendido apasionado, y otra estas angustias incesantes, estas aventuras que le ponen á uno el alma en un hilo y le colocan á dos dedos de la vergüenza, y le quebrantan el cuerpo... Y aseguran los poetas que esto es la felicidad... Será para ellos: lo que es para las pobres mujeres... Y vamos á ver, por qué carecía ella de valor para decirle á Segundo—¡acabemos, no puedo con estas zozobras, tengo miedo, lo paso muy mal! ¡Ah! También le tenía miedo á él... Era capaz de matarla: sus hermosos ojos negros despedían á veces chispas de electricidad y vislumbres fosfóricas. Y luego él siempre le cogía la acción, se imponía, la dominaba... Por él estuvo á punto de caer en el río, de despedazarse en las rocas... ¡María Santísima! ¿Pues hacía media hora, no faltó poco para otorgarle la cita en la solana? Lo cual era una grandísima locura, siendo imposible dirigirse á aquel rincón de la casa sin que Mademoiselle, ó cualquiera, la echase de menos y se descubriese el pastel. ¡Ay, Dios mío! ¡Todo aquello era terrible, terrible! ¡Y mañana tenía que acudir al salón, á la hora de la siesta!... Ea, una resolución enérgica: acudiría, corriente; pero acudiría á desatar aquel enredo, á decir á Segundo cuatro verdades para que se contuviese: amarla, concedido; no se oponía, muy bueno y muy santo; comprometerla de aquel modo, eso era inaudito; le rogaría que se volviese á Vilamorta; ellos ya se irían pronto á Madrid... ¡Ah! ¡cuánto tardaba aquella bendita Mademoiselle con la tila!
La puerta se abrió... No entró Mademoiselle, sino D. Victoriano. Nada tenía de sorprendente su aparición, pues dormía en una especie de despachito, al lado del cuarto de su mujer y dividido de éste por un corredor, y todas las noches, antes de recogerse, daba un beso á la niña, cuyo lecho estaba pegado al de su madre; sin embargo, á Nieves se le puso carne de gallina, y por instinto se volvió de espaldas á la luz, tosiendo á fin de disimular su turbación.
La verdad es que D. Victoriano venía grave, y aun algo fosco y severo... No andaba muy alegre ni expansivo desde el recrudecimiento de su enfermedad; pero sobre su aire abatido resaltaba entonces no sé qué cosa, un velo más negro aún, un nubarrón preñado de tempestades... Nieves, observando que no se acercaba á la cama de la niña, bajó los ojos y fingió alisarse el pelo con el batidor de marfil.
—¿Cómo te encuentras, hija? ¿Te dura el susto?—preguntó el marido.
—Sí; aún estoy un poquillo... He pedido tila.
—Bien hecho... Mira, Nieves...
—¡Qué... qué!...
—Mira, Nieves, nos vamos á Madrid cuanto antes.