—Cuando tú digas... Ya sabes que yo...
—No; si es que es necesario, indispensable; es que yo tengo que ponerme formalmente en cura, hija, porque me acabo si así continúo... He incurrido en la debilidad de confiarme á este bestia de D. Fermín, Dios me perdone... y creo...—añadió con amarga sonrisa—que me ha embromado... Veremos si Sánchez del Abrojo me saca del paso... ¡que lo dudo bastante!
—¡Jesús, qué aprensión!—exclamó Nieves, respirando y aprovechando el recurso de la enfermedad.—¡No parece sino que tienes males incurables! En poniendo el pie allá y tomándote Sánchez de su cuenta... dentro de dos meses ni te acuerdas de ese achaquillo.
—¡Bravo, hija, bravo! Yo no quisiera lastimarte ni parecerte regañón... pero eso que dices... eso que dices prueba que ni me miras, ni te importa un bledo mi salud, ni me haces caso alguno... lo cual, francamente... dispensa... pero ¡no te honra! Mi mal es grave, muy grave... es la diabetes sacarina, que se lleva las gentes al otro mundo bonitamente... Estoy convertido en azúcar... se me debilita la vista... me duele la cabeza... no tengo sangre... y tú ahí, tan serena, tan alegre, retozando como una niña... Eso no lo hace la mujer que quiere á su esposo... Á tí no te ha preocupado mi estado físico, ni mi estado moral... Estás gozando, pasando una temporada divertidísima... y lo demás... ¡buen cuidado te da á tí!
Nieves se levantó trémula, casi llorando...
—¿Qué me dices?... Yo... yo...
—No te alteres, hija; no llores... Tú eres joven y sana, yo estoy muy gastado y achacoso... Peor para mí... Pero oye... Aunque te parezca seco y grave... yo te quise mucho, Nieves... te quiero aún... tanto como á esa niña que está ahí durmiendo... lo juro delante de Dios... Y tú podías... podías quererme algo... como una hija... é interesarte por mí... Será poco tiempo ya de molestia: me siento tan enfermo...
Nieves se acercó en actitud cariñosa, y su marido le rozó la frente con los denegridos labios, apretándola al mismo tiempo contra sí... Y añadió:
—¡Aún tengo que hacerte otra advertencia... echarte otro sermón, hija!
—¿Cuál?—murmuró la esposa sonriendo, pero azorada.