—Ese chico de García... No te sobresaltes, hija, que no es para tanto... Ese chico... te mira algunas veces de un modo muy raro... como si te hiciese el amor... ¡No, si yo no dudo de tí! Has sido y eres una señora intachable... no te acuso... ni le doy importancia á semejante necedad... Es que... te parecerá mentira... estos chicos de aquí son muy atrevidos; tienen menos soltura para presentarse, pero en el fondo más osadía que los de la corte... Yo pasé aquí mis años verdes, y les conozco... Sólo te aviso para que pongas á raya á ese mequetrefe... En los días que nos quedan, suprime los paseos largos y todas esas cursilerías que aquí se hacen... Una dama como tú es, en este sitio, la reina; y no está bien que contigo se tomen las bromas que con las señoritas de Molende ú otras así... ¡Si ya te he dicho que no me cruza ni por el pensamiento la idea! Una cosa es que ese Cisne de lugar se haya enamorado de tí y te dé la mano en los despeñaderos; otra que yo te injurie... ¡Hija!

Poco después se presentó Mademoiselle con la tila humeante. ¡Buena falta que le hacía la tila á Nieves! Tenía los nervios más tirantes... Estaba convulsa. Hasta náuseas la atacaron al beber las primeras cucharadas. Mademoiselle le ofreció un poco de poción anti-histérica. Tragóla Nieves, y con algunos bostezos y dos ó tres lagrimillas se alivió su crisis. Pensó en acostarse, y entró en la alcoba. Allí vió algo que renovó su desasosiego. Victorina, en vez de dormir, tenía los ojos abiertos. Probablemente habría oído la conversación.


XXII

Y en efecto, la había oído toda, todita, desde la primer palabra hasta la última. Y las frases del diálogo conyugal daban vueltas en su magín, rodando, entrelazándose, destacándose en letras rojas, impresas en su memoria virgen. Las repasaba, las comentaba interiormente, las pesaba, hacía deducciones...

Nadie acertará á decir cuál es el momento crítico que divide la noche del día, el sueño de la vigilia, la juventud de la madurez y la inocencia del conocimiento. ¿Quién es capaz de fijar el instante en que el niño, convirtiéndose en adolescente, nota en sí ese algo inexplicable que acaso pueda llamarse conciencia sexual; en que el vago presentimiento se trueca en rápida intuición; en que, sin tener noción precisa de las realidades concretas del vivir, adivina todo lo que más tarde le ha de confirmar y puntualizar la experiencia; en que entiende la importancia de una indicación, la trascendencia de un acto, el carácter de una relación, el valor de una mirada ó el sentido de una reticencia? ¿El minuto en que sus ojos, abiertos solamente á la vida exterior, adquieren facultades para escudriñar también la interior, y perdiendo su brillo superficial, el claro reflejo de su pureza candorosa, toman la concentrada é indefinible expresión que constituye una mirada de persona grande?

Llegó para Victorina ese minuto á los once años, aquella noche, sorprendiendo un diálogo entre su padre y su madre. Inmóvil, sujetando la respiración, con los piececillos fríos y la cabeza ardorosa y congestionada, la niña escuchó, y después, en la dudosa penumbra de la alcoba, ató algunos cabos sueltos, recordó pormenores, y comprendió al fin, sin darse mucha cuenta de lo que comprendía, pero discurriendo con precocidad singular, debida acaso á la dolorosa viveza con que la fantasía trabajaba en el silencio nocturno y en la quietud del lecho...

Es lo cierto que la niña pasó mala noche, dando vueltas en su monástica y breve camita. Dos ideas, sobre todo, se le iban introduciendo y le barrenaban la cabeza á manera de clavos. Su papá estaba muy enfermo, muy enfermo, y además muy disgustado y quejoso porque Segundo se había enamorado de su mamá... De su mamá. ¡De ella no! ¡Ella, que guardaba todas las flores de Segundo como reliquias!