—¡Ven, papá!... ¡Ven, papá!
¿Qué pasaría por la mente del padre? Jamás se supo el porqué siguió á la niña, sin dirigirla ni una leve pregunta. En el umbral del salón, detúvose el grupo... Nieves exhaló un chillido altisonante, y Segundo, con hermoso arranque varonil y apasionado, la escudó con su cuerpo... Defensa innecesaria ya. La figura de hombre detenida en la puerta no amenazaba: lo que de ella infundía miedo, era cabalmente su actitud de estupor y anonadamiento: parecía un cadáver, un espectro abrumado de desesperación impotente. El rostro, más que amarillo, verde; los ojos abiertos, nublosos y fijos; las manos y rodillas trémulas... Aquel hombre hacía vanos esfuerzos para hablar; la parálisis empezaba por la lengua: inútilmente intentaba revolverla en la boca, formando sonidos... ¡Lucha horrible! Pugnaba la frase por salir de los labios, y no salía: la faz, de lívida, pasaba á roja, congestionándose, y la niña, abrazando la cintura de su padre, viendo aquel combate de la inteligencia con los órganos, gritaba:
—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Se muere papá!
Nieves, sin osar acercarse á su marido, pero comprendiendo que en efecto algo grave le sucedía, chilló también pidiendo socorro. Y fueron apareciendo por las puertas Primo Genday en mangas de camisa, Méndez con un pañuelo de algodón atado sujetando las orejas, Tropiezo con los pantalones á medio abrochar...
Segundo, silencioso, quieto en mitad de la sala, no sabía qué hacer de su persona: el irse, era desairado; el quedarse... Tropiezo le sacudió:
—Anda, chico, volando á Vilamorta... Dile á Doroteo el del coche que salga á Orense y traiga un médico de allá, el de más nombre... ¡Yo no quiero este tropieciño! indicó guiñando un ojo.—Corre, disponte.
El Cisne se acercó á Nieves, que derrumbada en el sofá, lloraba, con su fino pañuelo apoyado sobre la boca.
—Me mandan á buscar un médico, Nieves. ¿Qué hago?
—¡Vaya usted!
—¿Vuelvo?