—No... déjeme usted por Dios... ¡Que venga, que venga el médico!—Y sollozó más fuerte.
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Por pronto que anduvo, hasta la madrugada del día siguiente no llegó el facultativo á las Vides. Opinó que el caso no era extraordinario: la diabetes suele terminar así, con parálisis seguida de derrame seroso: una de las complicaciones más frecuentes en tan temible enfermedad... Añadió que era conveniente trasladar á Orense al enfermo, con precauciones. La traslación se hizo sin grandes dificultades, y don Victoriano aún vivió unos días. Á las veinticuatro horas de su entierro, Nieves y Victorina, rigurosamente enlutadas, salieron para la corte.
XXIII
Sobre Vilamorta ha caído el negro cortinaje del invierno. Llueve, y por la calle principal y la plaza, empapadas y cubiertas de sucio barro, sólo cruza, de tiempo en tiempo, algún campesino invisible bajo su capa de juncos, jinete en un rocín cuyas herraduras baten el suelo y alzan un chapoteo de fango. Ya no hay fruteras, por la plausible razón de que tampoco hay fruta: todo está solitario, húmedo, enlodado y mohoso. Cansín, con zapatillas, de orillo y bufanda, se pasea sin cesar ante su puerta por evitar los sabañones; el Alcalde aprovecha un reducidísimo soportal que hay frente á su casa para entretener la tarde, dando diez pasos hacia arriba y diez hacia abajo, patear muy fuerte y calentarse los pies; ejercicio sin el cual afirma que no digiere.
¡Ahora sí, ahora sí que la pobre villita está muerta! Ni agüistas, ni forasteros, ni ferias, ni vendimias... Una paz, un abandono de cementerio y una humedad tan terca, que deja rastros verdes en los sillares de las casas en construcción. Las villitas así, en invierno, son capaces de producir murria al más alegre: son la raíz cuadrada del fastidio, la quintesencia del esplín, la desidia de peinarse, la pereza de vestirse, la interminable noche, el aguacero terco, el frío lúgubre, el aire color de ceniza y el cielo color de panza de burro...
En medio de aquella especie de sueño letárgico que duerme Vilamorta, hay, sin embargo, unos seres felices, unos seres en la plenitud de su ventura, aunque próximos á concluir su existencia del más trágico modo: seres que, con sólo el instinto natural, han adivinado la moral de Epicuro y la practican, y comen y hozan y se regodean, y no temen á la muerte ni piensan en la inexplorada región cuyas puertas se abren al morir; seres que gozan en recibir el agua llovediza en su estirado pellejo; seres para quienes el lodo es baño deleitosísimo donde muy gustosos se chapuzan y revuelcan, abandonando la incomodidad y estrecho de sus cubiles y pocilgas. Ellos son, en esta época del año, dueños y señores indiscutibles de Vilamorta: ellos, los que con sus fastos y hazañas dan pábulo á la conversación de las boticas y entretienen las veladas familiares, en que se discute su respectiva corpulencia y se les estudia desde el punto de vista de sus cualidades propias, trabándose acaloradas discusiones acerca de si la oreja corta ó larga, el rabo bien enroscado, la pezuña más ó menos recogida y el hocico más ó menos agudo, prometen carne más suculenta y grasa más copiosa. Hácense comparaciones: el marrano del Pellejo es soberbio como tamaño, pero sus carnes de un rosa erisipelatoso y su bandullo inmenso y fofo, delatan al cerdo de fibra muelle, mantenido con despojos de tahona: cochino soberbio, el del Alcalde, cebado con castaña: algo más chico, pero ¡qué jamones ha de tener! ¡qué jamones! ¡qué tocinos! ¡qué lomos, que dan ganas de sentarse en ellos! Ese será el cerdo de la temporada. Sin embargo, hay quien afirma que el superior, el soberano marranil de Vilamorta, es la cerda de la tía Gaspara, la de García. Las ancas de tan magnífico bestión parecen una carretera: ya ha estado á punto de ahogarse con su propia gordura: sus glándulas mamarias tocan con las pezuñas y besan el barro de la calle. ¿Quién puede calcular las libras de grasa que rendirá, ni las morcillas que se llenarán con su sangre y la longaniza que saldrá de sus asaduras?