¡Trabajar! Esta palabra le recordó algunos planes, ya madurados en esas noches de desesperación é insomnio en que pasamos revista á nuestra vida entera y trazamos nuevas combinaciones y recorremos mentalmente todos los caminos posibles... Claro está que Minguitos no servía para el trabajo material de la tierra, ni para hacer zapatos, ni para moler chocolate como aquel buen mozo de Ramón; pero sabía leer y escribir, y en cuentas, con poco que Leocadia le repasase, sería un prodigio... Estar detrás de un mostrador no mata á nadie: atender al que llega, contestarle, cobrar, apuntar lo vendido, más son ocupaciones divertidas y que espacían el ánimo, que labores molestas... ¡Así se distraería el jorobadito, y perdería un poco el horror á la gente, el miedo á que se riesen de él!
Dos años antes, Leocadia habría insultado á quien le propusiese apartarse de su niño, robarle el calor de sus brazos amantes. ¡Ahora, la solución de hacer de él un dependientito de comercio le parecía tan sencilla y natural! Algo, sin embargo, latía aún en el fondo de su corazón de madre; unas fibrillas muy pegadas todavía al alma, que sangraban, que dolían... Á arrancarlas pronto. Todo era por bien del chico, por hacerle hombre, para que hoy ó mañana...
Celebró Leocadia dos ó tres conferencias con Cansín, que tenía en Orense un primo, dueño de un establecimiento de paños; y Cansín, encareciendo mucho su alta influencia y la importancia del favor, dió á la maestra una carta de recomendación eficaz. Fué Leocadia á la capital, vió al patrón, y estipularon las condiciones de la admisión de Minguitos. Le mantendrían, le lavarían la ropa, y le harían algún traje de los retales de paño que quedasen por el almacén... Pagar no le pagarían nada, hasta que supiese bien el oficio, allá á la vuelta de un par de años... ¿Y era muy jorobado? porque eso le gusta poco á la clientela... ¿Y era honradito? Nunca le había cogido á su madre dinero de los cajones, ¿verdad?
Leocadia volvió con el alma empapada en acíbar. ¿Cómo se lo decía á Minguitos y á Flores? ¡Sobre todo á Flores! Imposible, imposible: armaría un escándalo que alborotase á la vecindad... Y había prometido llevar á Minguitos sin falta á su puesto el lunes próximo... Ideó una estratagema. Afirmó que estaba en Orense una parienta suya, y que le llevaba el niño para que le conociese: pintó la expedición con risueños colores, á fin de que Minguitos creyese que iba á divertirse... ¿No tenía ganas de ver otra vez á Orense? Pues es un pueblo magnífico: ella le enseñaría las Burgas, la Catedral... El niño, con su horror instintivo á los sitios públicos, al trato con hombres, meneaba tristemente la cabeza; y en cuanto á la vieja criada, como si algo rastrease, estuvo furiosa toda la semana. Cuando llegó el domingo y se metieron madre é hijo en el coche, al subir al estribo, Flores se arrojó al cuello de Minguitos y le dió un abrazo trémulo y senil de abuela chocha, babándole el rostro con el besuqueo de sus arrugados labios... Después se pasó el día sentada en el umbral de la casa, murmurando en alta voz palabras de sorda cólera ó de cariñosa lástima, apretándose la frente con ambas manos, en desesperado ademán.
Leocadia, ya en el coche, trató de convencer á su hijo y le describió la buena vida que le esperaba en aquel precioso establecimiento, situado en lo más céntrico de Orense, tan entretenido, donde tendría poco trabajo y la esperanza de ganar, hoy ó mañana, algún dinerito suyo... Á las primeras palabras, el niño fijó en su madre los ojos atónitos, en los cuales, poco á poco, la inteligencia se abrió paso... Minguitos solía comprender á media palabra. Bajó la cabeza y, arrimándose á su madre, se recostó en su regazo. Como callaba, Leocadia le preguntó:
—¿Qué tienes? ¿Te duele la cabeza?
—No... déjame dormir así... un poquito... hasta Orense.
Permaneció, en efecto, quieto y callado y al parecer, dormido, acunado por el traqueteo del coche y el ruido ensordecedor de los cristales. Al llegar á la ciudad, Leocadia le tocó en el hombro:
—Ya estamos...
Saltaron del coche y sólo entonces notó Leocadia que tenía el regazo húmedo y que allí donde se había apoyado la frente del niño, resbalaban sobre el merino negro dos ó tres irisadas gotas de agua... Pero al verse entre gente desconocida, en el lóbrego almacén, abarrotado de piezas de paño oscuro, la actitud del jorobado dejó de ser resignada: cogióse á su madre con desesperado impulso, exhalando un solo grito, resumen de todas sus quejas y afectos: