—¡Maaamá... maaamá!...

Aquel grito aún lo oía dentro de su corazón Leocadia cuando, de regreso á Vilamorta, vió á Flores que la acechaba en la puerta. Acechar es la palabra exacta, pues Flores se lanzó sobre ella como un perro de presa, como una fiera que reclama y exige su cría. Y lo mismo que el hombre furioso arroja contra su adversario cuanto á mano encuentra, así Flores derramó sobre Leocadia toda clase de denuestos, de bárbaras y desatinadas injurias, gritándole con su voz balbuciente de vejez y odio:

—¡Ladrona, ladrona, infame! ¿Dónde tienes á tu hijo, ladrona? ¡Anda, borracha, mala mujer, anda á beber licores... y tu hijo puede ser que se esté muriendo de hambre! Perdida, loba, falsa, ¿y el chiquillo? ¿Dónde está, ángel de Dios? ¿Dónde lo tienes, bribona, que rabiabas por librarte de él para quedarte con el otro señorito de morondanga? ¡Loba, loba, que aun las lobas quieren á los hijos! ¡Loba, lobona... si tuviese un fusil, tan cierto como estoy aquí que te cazaba con perdigones!

Pálida, con los ojos enrojecidos, Leocadia extendió las manos para tapar la boca á la frenética vieja: pero ésta, con sus desdentadas encías, apretó aquellas manos, dejando en ellas la baba de su cólera; y mientras la maestra subía la escalera, la vieja iba detrás, fatídica, murmurando en voz sorda:

—Nunca bien te ha de querer Dios, loba... Dios te castigará y la Virgen Santísima... Anda, anda, regodéate porque hiciste tu voluntad... Maldita seas, maldita seas... maldita, maldita...

La maldición estremeció á Leocadia... La casa, con la ausencia de Minguitos, parecía un cementerio: Flores no había preparado comida, ni encendido luz... Leocadia, sin ánimos para hacerlo, se echó en la cama vestida, y más tarde se desnudó y acostó sin probar bocado.


XXV