—Desde que tu tía Catalina pronunció los votos, revivió,—decíale á Gastón su madre.—La pobre se conoce que había ofrecido este sacrificio por los pecados de don Martín. Ella cumplió lo que tenía el deber de cumplir, y nada aprovecha tanto al alma y al cuerpo.

Á pesar de la afirmación de su madre, Gastón recordaba que no había cesado de compadecer á su tía Catalina, de considerarla una víctima inmolada á preocupaciones, una vida tronchada en flor, una especie de fantasma sentenciado á desaparecer del mundo. Para él, entregado al desorden y tropelías de la voluntad, la regla en el vivir constituía una esclavitud, y cualquier valla cruel tiranía. ¡No hay más, doña Catalina le daba lástima! ¿Y por qué en aquel instante, á aquella hora virginal de la pura y radiante mañanita, en aquel jardín monástico todo paz, donde sólo se escuchaba el vuelo de algún abejorro, donde las azucenas abrían tímidamente sus cálices de raso blanco y vertían en silencio su pomo fragante, Gastón, en vez de compadecer á doña Catalina, advertía que la envidiaba? Sí, no lo podía dudar; envidiaba á la Comendadora, como envidia el marinero, desde su esquife que las olas hacen crujir y van á tragarse pronto, al pobre ermitaño que bebe de la apacible fuente antes de la oración... Era hermoso haber vivido sin tacha; haber realizado lo que creemos bueno y justo; haber dado testimonio de su fe ante los hombres, y haber llegado casi á los noventa años con aquella sonrisa misteriosa, no la de la esfinge, sino la de la santa que ya entrevé la bienaventuranza celeste...

—Aquí estaremos mejor,—pronunció con cascada voz la Comendadora, interrumpiendo los calendarios de su sobrino.—Importa muchísimo que no nos oiga nadie... ¡nadie!... Á estas horas no aparecen monjas por aquí... Lo que te voy á decir es sólo para tí... ¿me entiendes? Para tí... tú eres el único nieto varón de mi hermano Felipe... y ya no queda en este mundo más personas que tú y yo llevando directamente el apellido de Landrey...

Gastón se estremeció. Acababa de presentir que no iba á escuchar de labios de su tía el obligado sermón al sobrino manirroto. Conocía el culto de doña Catalina por el apellido de la familia, única debilidad mundana que siempre se notó en la ejemplar reclusa, que no había cesado ni un día de enterarse de los nacimientos, bodas, muertes, malandanzas y bienandanzas de sus sobrinos. La Comendadora no era verosímil que conociese el estado de la hacienda de Gastón, y por consiguiente, lo que iba á dejar salir de su hundida boca de sibila agorera, la revelación anunciada, sólo podía referirse al pasado, á ese ayer de todas las familias, más romántico en las nobles, en quienes se enlaza estrechamente con la historia.


III
La revelación

—¡Qué miedo he pasado de morirme antes que tú volvieses de ese París!—exclamó la anciana subrayando con tedio el nombre de la capital francesa.—¡Lo que he rezado á santa Rita para que me conservase la vida unos días más!

—¡Pero, tía, si está usted para vivir cien años!—afirmó Gastón chanceramente.