Doña Catalina clavó en el rostro de su sobrino los negrísimos ojos, lo único que sobrevivía en su semblante momificado, con extraordinaria expresión, sobrehumana casi.
—Á la lámpara se le acaba el aceite,—dijo en voz sorda,—pero la misericordia divina no ha permitido que la muerte me sorprenda. Sé de cierto que se acerca la hora...
—Vamos, tiita, aprensiones... Me ha de enterrar usted á mí y pedir para que me admitan en la gloria,—insistió el sobrino.
—No lo digas á nadie, hijo mío,—prosiguió la reclusa sin atenderle.—¡Sólo á tí y al confesor lo descubriré!... ¡Como te estoy viendo... he visto... he visto á don Martín de Landrey, tu bisabuelo... mi padre!
Estremecióse Gastón. En aquel jardín embalsamado, entre los vitales efluvios que derramaba el sol ascendiendo á su zenit, sintió pasar el soplo frío del más allá, un hálito del otro mundo.
—¡Si vieses qué mal color tenía!—continuó doña Catalina tiritando como si las frescas azucenas de Mayo fuesen copos de nieve.—Lo mismo que cuando lo deposité en la caja... ¡Y una cara de sufrir!... ¡Virgen Santísima, Madre de los afligidos, perdón para él... y para todos los pecadores!
La cabeza agobiada de la Comendadora cayó sobre el pecho, y Gastón, cariñosamente, sólo acertó á murmurar:
—Tía... ¿no habrá sido... una figuración de usted?... ¡Hay así... momentos en que desvariamos!...