—¡No! Era él en persona... ¡Podría yo desconocerle! ¡Podría confundir con cualquier ruido su voz, que me dijo... en un tono tan triste... como si las palabras saliesen de la pared!... «¡Catalina... te espero... hasta luego, Catalina!...»
Hizo una pausa, y Gastón vió humedecerse ligeramente las áridas pupilas de la dama, que movía los labios, rezando para sí, sin articular. Gastón, quebrantado aún del viaje y de las penosas impresiones recientes, notaba un vértigo que atribuía al olor subido de las flores, más aromosas cuanto más calentaba el sol. No quería Gastón reconocer que, á pesar suyo, le impresionaban las palabras de la Comendadora.
De pronto doña Catalina se enderezó, ya tranquila y al parecer olvidada de sus temores.
—Natural es morir, hijo mío,—declaró serenamente.—Otros eran jóvenes y se han ido primero. Eso sí que asusta. Ya no hay más Landrey que tú. Á mí la tierra me llama, después de ochenta y ocho años y cinco meses que estoy en el mundo. Tú ahora empiezas la jornada... ¡Cómo te pareces á tu abuelo, al pobre Felipe!... ¡Qué bien has hecho en venir aprisa!...
—En cuanto me avisó Telma. Ayer mismo llegué á Madrid... Ya ve usted, ni veinticuatro horas...
Algo que remedaba una sonrisa y era más bien fúnebre mueca, animó el semblante amojamado de la Comendadora.
—Acércate más, hijo del alma... Ya apenas tengo voz; no puedo esforzarme... Si me paro, no te asustes... Me falta resuello... Soy muy viejecita... Además, tengo frío... Mira, mira... Helada estoy.
La diestra glacial de la Comendadora cayó sobre la de Gastón, que sintió impulsos de retirarla, pero se contuvo. Parecíale advertir el contacto de un cadáver: tal estaba de inerte y seca á la vez aquella mano que había debido de ser bella y que conservaba aún las proporciones y el delicado dibujo de una mano patricia.