—¿Eres buen cristiano?—preguntó de improviso doña Catalina.
—Bueno no sé; cristiano sí,—respondió no sin extrañeza Gastón.
—¡Es que si eres... de esos... que sólo creen en la materia... entonces... aunque te llames Landrey... yo... no tengo nada que decirte!...—¿Crees firmemente en Dios, que nos perdona... que nos ha redimido?... ¿Crees, ó no crees? No mientas... ¡Un Landrey no miente... sería mucha vergüenza! ¡Sería propio de un villano!
—Creo en Dios,—murmuró Gastón sonriendo del á su parecer pueril interrogatorio.
—¿Y en la Virgen?
—Y en la Virgen,—afirmó el mozo con calor involuntario, más conmovido ya de lo que aparentaba.
Doña Catalina cruzó las manos como transportada de gozo. Después, sin transición, exclamó, fijando en Gastón sus vividos ojos:
—¿Has estado alguna vez en nuestro castillo de Landrey, cerca de la Puebla de Beirana?
—Nunca, querida tía,—declaró Gastón desorientado y algo confuso.—Y eso que siempre me daba curiosidad. Debe de ser una antigualla preciosa... es decir, con carácter... de eso precisamente, de antigualla. Pero ya sabe usted lo que sucede: se forman planes, se fantasea el viaje... y hoy por esto y mañana por aquello... se queda todo en proyecto, y corren días, y meses, y años... Nada, que no he visto Landrey.