—Mal hecho... ¡Lo mismo hicieron tu padre y tu abuelito... yo no se lo aprobé! ¡Aquel es nuestro solar, el sitio en que se respeta nuestro nombre, el sitio en que éramos como reyes! ¡Los señores de Landrey! ¡Eso era decir algo! El que fundó el castillo y los señoríos,—por cierto que se llamaba como tú, Gastón de Landrey,—fué de los que vinieron á ayudar á don Enrique... Me lo contó mil veces mi padre, que eso sí, era estudiosísimo... ¡El estudio es cosa buena cuando no nos aparta de Dios!... ¿Por qué decía yo esto?... ¡Ah! Sí, sí... Aquel Landrey ó Landroi era ya un caballero muy noble... sus abuelos habían estado en las Cruzadas, con San Luis... El caso es ser grande en el cielo... pero en fin, los que desde hace siglos...
Detúvose la Comendadora, fatigada sin duda, y Gastón, que callaba por respeto, empezó á creer que estaba perdiendo el tiempo lastimosamente.
—La pobrecilla ya chochea...—pensó,—y se le va el santo al cielo... Incoherencias, alucinación... ¡Cerca de noventa años y el claustro!... Querrá que restaure á Landrey y junte allí mesnadas y alce pendón y caldera... ¡Y cómo revela el orgullo nobiliario, su flaco, en pugna con la humildad cristiana! ¡Si supiese que el último Landrey va á carecer de lo más preciso!
—Mi hermano,—continuó la Comendadora,—pudo titular, y prefirió ser Landrey á secas... Hay condes y duques nuevos, pero los Landrey son todos viejos... ¡Ah! Ya recuerdo, ya sé... Hablábamos del castillo. Digo, no; hablábamos de tu bisabuelo, de mi padre... ¡que Dios le haya perdonado!—y el acento de doña Catalina se quebró en un sollozo.—¡El pobre!... esto pasó la noche antes de morir... porque murió en Landrey, en el cuarto de la parra, que tiene pintada una, al temple... Pues me llamó... así, en voz alta... «¡Catalina!» «Aquí estoy.» «¿Me oyes bien?» «Sí, señor, diga lo que quiera.» «Acércate, santita...» (me llamaba santita por cariño y por chiste). «Así que yo fallezca, registrarás mis papeles... y quemarás lo que deba quemarse...» «No tenga miedo...» «¡Pero cuidado!... En el mueble de concha, unas cartas... ¡las quemas sin leerlas!» «Lo que usted mande, señor...» «Hay también en el mismo mueble... ¡atiende! una caja de plata, de resorte... y dentro dos papeles doblados y enrollados... de mi letra... ¡Esos sí que los lees... y los guardas... y te guías por ellos para encontrar el tesoro!...»
—¡El tesoro!...—repitió Gastón fascinado por la palabra mágica que su tía acababa de pronunciar.
—Así dijo: «el tesoro...» Y me acuerdo bien, que me cogió la mano y me la apretó mucho, mucho, y añadió... ¡verás! «Es para tí sola... es tu dote... Te prohibo que le dés nada á Felipe... ¡ni un maravedí! Á Felipe no... Es mi enemigo: me ha tratado como á un perro... sé que me ha llamado traidor... Me cree renegado, apestado y maldito... Tú aquí, encerrada en estas paredes conmigo en lo mejor de tu edad... Á cada cual su recompensa... Felipe, el mayorazgo, se lo lleva casi todo... Tú tienes una legítima corta... ¡Más rica tú que él! ¡Para tí el tesoro!...»
Guardó silencio otra vez la Comendadora, exhausta por el esfuerzo, pero sus ojos centelleaban. Gastón no sabía lo que le pasaba: el olor de las azucenas le atravesaba como un clavo las sienes, y su corazón latía de esperanza: en aquel momento daba por cuerda y muy cuerda á la monja. Ésta, con dolorido acento, articuló despacito:
—Al otro día murió...
—¿Y la caja?—exclamó aturdidamente el mozo.