—¡Ah!... La caja... Es verdad, hijo, es verdad... No, no creas que la perdí... Allí estaba como él dijo, en el mueble de concha... junto á las cartas... que olían á esencias... y las quemé... ¡Qué bien ardieron! ¡Como yesca!
—Pero... la cajita... con sus misteriosos papeles dentro...
—La recogí... ¡No faltaba más!... Aquí la tengo... Espera... espera.
Y con un movimiento que parecería cómico á quien no fuese capaz de estimar lo que representaba de dignidad y de pudor y de vida inmaculada, la Comendadora se volvió hacia la pared, se alzó el escapulario y se registró el seno con una mano que la vejez hacía insegura... Gastón, ansioso, disimulaba la impaciencia y la curiosidad. Vuelta de cara ya la señora, presentó á su sobrino un objeto oblongo, una cajita de plata algo mayor que una tabaquera y finamente cincelada al estilo de Luis XV; cazadores con tricornio y damiselas con peinado de erizón acosaban á un ciervo entre el follaje de un bosquecillo. Gastón tendió la mano vivamente, pero doña Catalina le contuvo sonriendo con alarde de malicia casi infantil.
—El resorte... Sino ni tú ni diez como tú la abrís...
Y apoyando de cierta manera la uña del seco pulgar en la charnela de la caja, alzóse lentamente la tapa, y Gastón pudo ver en el dorado fondo, enrollado, un papel amarillento. La monja casi reía, gozosa y triunfante.
—¿Eh? Ya lo ves, ahí lo tienes... Sesenta y pico de años hace que lo conservo... Ni un solo día se ha separado de mí...