—Pero, tía,—observó enajenado Gastón, que sin poder contenerse se entregaba á férvidas ilusiones,—si poseía usted esto, ¿por qué no buscó el tesoro? ¿Ó es que ya lo ha buscado usted? No entiendo...

—No, no, yo no lo he buscado... Dios no quiso que lo buscase... Por cosas que... que yo me sé... desde que me faltó mi padre... ofrecí ser monja... ¡y para eso no necesitaba grandes riquezas! Mi padre había prohibido que el tesoro fuese de Felipe... Pude dárselo á los pobres... sino que... no sé si Dios me castigará por esto... la verdad, tengo un delirio por el nombre de la familia... es falta de humildad, lo conozco... ¡Quería que ese tesoro se lo llevase un Landrey!...

Y volviendo á apoderarse de la mano convulsa de Gastón, añadió bajo, casi al oído del mozo:

—Tú puedes hacer que Dios me perdone esta debilidad... Eres cristiano, hijo mío... Usa del tesoro, no como pagano, sino como cristiano... Las riquezas son un depósito... No abuses, no derroches, reparte con los infelices... y acuérdate también del alma... de la tuya... de la mía... ¡y sobre todo de la de mi pobre padre!... Esto último no te lo encargo, que te lo mando... ¿lo oyes? Te lo mando con un pie en la sepultura...

—Prometo á usted hacer lo que desea,—declaró Gastón subyugado, lleno de fe en el tesoro.

Y tomando la cajita, apresuróse á desenrollar el papel que contenía, con ansia de leerlo. Antes de que lo hiciese, recordó de súbito y exclamó:

—Mire usted, tía, que usted habló de dos papeles... y aquí hay uno, uno no más.

Indescriptible expresión de pena cavilosa oscureció el mirar de doña Catalina. Su cabeza tuvo un temblequeteo senil y sus manos se enclavijaron, como si pidiese misericordia.

—¡Yo, yo destruí el otro!—gimió desconsolada.

—¿Usted? ¿Por qué?... ¿Lo destruyó usted á propósito? ¿Qué era?