—Era el que más valía... ¡Era el plano!...
—¡El plano!—repitió Gastón.—¿Un plano del castillo, sin duda?
—Del castillo y de sus alrededores... Con tinta azul, y señalcitas de puntos encarnados... Hecho por él mismo... ¡Si tenía una cabeza, un saber de todo!
—¿Pero y cómo destruyó usted ese documento... cómo fué?...
—Porque... ¡Verás!... Yo, en el mundo, padecía síncopes... y unas congojas... así como convulsiones... Cuando me encerré sola á quemar aquellas cartas... ¡las de las esencias! mientras ardían, abrí la caja esta de plata... saqué los papeles... los estuve mirando... Y cátate que de improviso me da el ataque... no quiero llamar, porque las cartas no las debía ver nadie... lo pasé allí, sin auxilio... caigo junto al fuego... el plano enrollado rueda á la chimenea... ¡y gracias á Nuestra Señora, que no ardí yo... pero se me tostaron las suelas de los zapatos! Milagrosamente me salvé.
—Y el otro papel... no el plano... ¿Á ver qué dice?—exclamó Gastón sin acertar á reprimir su impaciencia.
Y desenrollando el papelito, vió que sólo contenía escritas en muy clara letra, estos renglones:
«Hallarás lo que buscares, si guiado por el Norte sigues el camino de los antiguos en peligro de muerte. Las piedras viejas son las más preciosas, y el que se humille se ensalzará.»
—¿No sabe usted qué significa esto?...—interrogó el mozo, que encontró el texto, más que oscuro, negro como boca de lobo.