—No, hijo mío... Con el plano, de seguro se entendía... Yo no hice nada, y ahora mi cabeza... Ya ves... ¡Los años!... Pero en Landrey lo entenderás perfectamente, tú que eres muchacho y listo... Guarda esa cajita ¡guárdala! y véte, que es cerca de mediodía, se acaba la hora de locutorio, y vendrán á llamarme... Y si cumples lo que me ofreciste... ¡Dios te bendiga!...

Doña Catalina alargó sus brazos flacos y cogió la bonita cabeza pelicastaña de Gastón, pegando el rostro á la blanca frente juvenil del último de su linaje. Un hielo mortal serpenteó por las venas del mozo; pensó que acababa de besarle un fantasma sin labios.


IV
Gusanillo

Salió Gastón del convento fluctuando entre la convicción y el escepticismo. Su convicción era involuntaria; pero su incredulidad, sostenida por el amor propio cifrado en no caer de inocente, no se fundaba únicamente en lo enigmático del texto del papel y en la destrucción del plano, sino en lo inverosímil de que existiese nada menos que un tesoro, soterrado de un modo tan novelesco, en un sitio tan romántico y llegando tan á punto para salvar de la ruina á la casa de Landrey. ¡Vamos, si tenía que ser á la fuerza una paparrucha, una quimera nacida en el pobre meollo de una monja alelada! Á pesar de la caja, que apretaba contra su pecho,—y que instintivamente en el tranvía cubrió con ambas manos, por defenderla de algún rata,—Gastón temía ser ridículo ante sí propio, si prestaba fe absoluta á la historia. Lo que más influye en que nos parezcan irreales los sucesos, es la comparación con un medio en el cual esos sucesos no encajan. Venía Gastón de París, saturado de aquel ambiente positivo y prosaico, sin más aspiración que el goce material del momento presente, y la Comendadora, siempre con la vista fija en lo pasado y en lo porvenir, tomando la tierra como tránsito, existiendo únicamente para expiar las culpas de su padre y para evocar las memorias de su raza, era como figura de cuadro ó de tapiz, algo artístico, singular é interesante sin duda, pero tan fuera de la realidad como los santos de piedra de los viejos pórticos...

—La chifladura se pega,—cavilaba el mozo,—y si estoy con la buena señora una horita más, ¡nada! que me creo lo del tesoro á pies juntillas.

Sin embargo, Gastón notaba cierta calentura, esa fiebre ligera que acompaña á los accesos de esperanza violenta y repentina. Pasó el día vagando por Madrid, sin decidirse á ver á nadie, y se acostó temprano, como hombre que tiene mucho que conferir consigo mismo. Durmióse pronto pesadamente, y soñó cosas raras; vióse descendiendo á un negro subterráneo por torcida escalera de caracol; delante de él, guiándole, iba un espectro con hábito monástico, que llevaba en sus manos descarnadas—manos de esqueleto—una linterna, la consabida linterna sorda de las novelas y de los dramas espeluznantes. El espectro, al deslizarse por los peldaños de la húmeda y resbaladiza escalera, producía un medroso ruido de choque de huesos, y los pliegues del hábito, al pegarse al cuerpo, diseñaban planos sin carne y palillos mondos y lirondos. La luz de la linterna, al caer sobre la pared, dejaba ver fungosas vegetaciones, é inmundos insectos, asustados, correteaban en busca de los rincones oscuros. Bajaban y bajaban, sin encontrar nunca el término de aquella escalera horrible, que sin duda se perdía en las entrañas del planeta, buscando su centro. Gastón anhelaba de cansancio, pero el espectro seguía bajando cada vez más aprisa, y era preciso ir tras él hasta el mismísimo averno. Allá abajo, en la sombría profundidad última, Gastón divisaba un punto rojo, y á medida que descendían, el punto se agrandaba, cundía, acabando por ser la boca de un horno gigantesco, en que ardía—¡temeroso espectáculo!—un monigote con chupa y casaca, un pelele de principios del siglo, retorciéndose entre las llamas sin consumirse... Y el espectro, de pie ante el horno, sollozaba:

—¡Agua bendita! ¡Agua bendita! ¡Trae agua bendita, Gastón!...