En este punto del sueño despertó el mozo. Notaba una sed devoradora, y tendió la mano, cogiendo la copa sobre la mesa de noche. Cuando bebía con ansia, la puerta se abrió, penetró Telma lo mismo que un rehilete, abrió atropelladamente las ventanas por donde entró la luz del día y se plantó delante de la cama, exclamando en voz que entrecortaba el llanto:
—Señorito... Señorito... La señora Comendadora...
—¿Qué... qué ocurre?
—¡Ay, señorito!... ¡Acaban de traer el recado! Esta noche...
—Ha muerto, ¿verdad?—preguntó el mozo que recibía la noticia en aquel instante, sin la menor sorpresa, como si se tratase de un hecho previsto.
—Sí, señor... ¡Ay, Jesús! ¡Señorita querida mía, que era como mi madre! ¡Santa de mi alma!—exclamó Telma, derramando lágrimas abundantes.
—Voy ahora mismo al convento...—declaró Gastón, mientras salía la criada, sofocada de pena.
Y en efecto, ni una hora tardó el sobrino de doña Catalina en pisar nuevamente el locutorio del convento: sólo que de esta vez le recibió la abadesa, dama cincuentona, gruesa, afable y de porte señoril, con ribetes mundanos, porque antes de vestir el noble hábito, doña Francisca de Borja Mascareñas y Quevedo había frecuentado más los salones que las iglesias, y de su conversión se habló bastante, atribuyéndola á rudos desengaños, ó como decía ella en su gracioso y expresivo lenguaje, á bofetones en el alma. Lo que refirió la abadesa á Gastón fué lo que era de suponer sobre el caso, ni impensado ni sorprendente, del fallecimiento de una monja tan anciana: