—Muy viejecita, muy viejecita era la pobre... Ya nos temíamos lo que ocurrió, y cada noche que se recogía, decíamos:—¿Se levantará la madre Catalina?—Así es que dormía á su lado una lega, por precaución, y gracias á tal medida no careció de auxilios en sus últimos momentos. Pudo recibir,—y no fué pequeño consuelo para ella y para todas nosotras,—el Viático y la Extrema. ¡Alabado sea el Señor! Murió con una paz... Estaba contentísima de haberle visto á usted... Eso me lo decía ayer tarde. ¿Y sabe usted que desde hace unos quince días andaba con el tema de que se acercaba su último instante? Era un presentimiento, sin duda...

—¿Pero de qué murió?—preguntó Gastón afanoso.—¡Porque estaba tan bien, ayer, tan locuaz, tan entera!

—¡Á esa edad! De muerte natural... ¡de acabársele la cuerda al reloj! Nada, un ataquillo de asma, que para una persona joven sería cuestión de toser y carraspear un poco... Pero ella no tenía fuerzas para mondar la garganta, y la menor cosa ¡psé! ¡una flemita! basta para ahogar á un anciano... No somos nada... ¡una miseria! Al volver la cabeza así... se acaba todo, alegría, ilusiones, proyectos, gustos y disgustos... Asustaría si lo pensásemos bien.

—¿No puedo verla?—preguntó Gastón, que sentía el pecho oprimido y el corazón en un puño.

—Está de cuerpo presente, en su cama, y las celdas son clausura... No, no es posible... ¡Y es lástima, porque si viese usted qué natural se ha quedado! Hasta parece joven... El funeral se cantará ahora, dentro de poco, en la iglesia, y bajarán el ataúd ya cerrado: y esta tarde se dará sepultura al cadáver. ¿Desearía usted conservar algún recuerdo de su tía? Puedo darle á usted el rosario que usaba, con las medallitas...

—Mil gracias, señora,—contestó Gastón inclinándose.—Poseo un recuerdo de la tía Catalina, que ella misma, en previsión de la desgracia, me entregó ayer.

Y como la abadesa le mirase con cierta curiosidad, Gastón añadió sencillamente:

—Una tabaquerita de plata... Pero si ustedes creen que no tengo derecho á conservarla, estoy pronto á devolverla.

—¡Santo Dios!—dijo cortesmente la abadesa.—Hizo divinamente; que usted la disfrute mil años. Le quería á usted mucho, y bien puede usted rogar por ella, aunque creo piadosamente que es ella la que debe interceder por nosotros.

—¡Ojalá que de aquí á un año les regale yo á ustedes en compensación de la tabaquera, una Santa Catalina de plata maciza!—añadió Gastón.—Si algo la ocurre á usted que mandarme... Esta tarde misma necesito salir para una finca que tengo allá en Galicia, en la Puebla de Beirana... á no ser que necesiten ustedes ordenarme cualquier cosa relativa al entierro de la tía, que entonces...