—Que Santa Catalina le dé á usted feliz viaje,—contestó la abadesa sonriendo, mientras el mozo besaba respetuosamente la manga de su hábito.

Al salir del locutorio Gastón entró en la iglesia. Empezaban los preparativos del funeral y se alzaba en el centro el túmulo, vestido de paños negros orlados de galones de oro apagado y mustio. El monaguillo arreglaba las hachas en los grandes hacheros. Á poco bajaron la caja forrada de paño negro también y el sacristán ayudó á colocarla sobre el catafalco. Cuatro ó seis caballeros de la Orden, avisados temprano, mal despiertos aún, iban acomodándose en los bancos de la nave. Uno de ellos, el conde del Sacrovalle, divisó á Gastón apoyado en un pilar, y le llamó con la mano, brindándole sitio en el banco, á la cabecera. Encendidos los altos cirios, cuya llama amarilla chisporroteaba vivamente, poblóse el altar de sacerdotes con negras vestiduras, y en el coro aparecieron las siluetas de las monjas, visibles tras el espeso enrejillado de madera. El órgano empezó á quejarse, acompañando las voces de los sacerdotes que clara y ahincadamente entonaban las plegarias y las invocaciones graves, tan humanas en su terror, del Oficio de difuntos. Gastón escondía la cara en el pañuelo. Sentía como si unos dientes sutiles y agudos se le hincasen dentro, muy adentro, á su parecer más allá del corazón, en un lugar que, por lo recóndito y lo sensible, debía de ser el ápice de la conciencia. No podía Gastón atribuir tal efecto al dolor de haber perdido á doña Catalina: si es cierto que la quería bien, poco lugar ocupaba en su vida; ningún vacío le dejaba la Comendadora: sus muchos años hacían de su muerte algo previsto, que no arrancaba lágrimas. No: lo que sentía Gastón era un torcedor íntimo, una cólera secreta contra sí propio, esa sensación oscura que lentamente se condensa para formar el sentimiento de la responsabilidad moral. Era la detestación de nosotros mismos, la censura,—más que ninguna severa,—que hacemos de nuestros propios actos; era el juez interior que tantas veces duerme, pero que cuando sacude la modorra nos registra el alma y nos condena sin defensa ni apelación, porque tiene las pruebas, la evidencia en la mano... Del enlutado ataúd, Gastón creía que se elevaba una voz, preguntando:—¿Eres cristiano?—Y que el juez, el rígido juez de negra toca, respondía:—Como si no lo fueses... Lo has sido en el nombre, ¿pero en los hechos? ¿Cuándo te has acordado tú de Dios? ¿Cuándo has pensado en el prójimo? ¿En qué y cómo has dilapidado tu hacienda? Buen comer, regalo, deleites, ociosidad... ¿Y qué más hicieras si fueses pagano? ¿Eras cristiano cuando al salir de una cena desordenada, en una noche fría, por no desabrocharte el gabán de pieles no dabas limosna? ¿Eras cristiano, ni aun caballero, cuando por un quítame allá esas pajas, en aquella solitaria encrucijada del bosque de Bolonia, le abrías la cabeza á tu mejor amigo? ¿Eras cristiano, ni aun caballero, cuando con tu derecha apretabas la mano del duque de Argentán, mientras en tu izquierda crujía un diminuto billetito de su esposa? ¿Eras cristiano cuando?...—La lista fué larga, y Gastón seguía con el pañuelo sobre el rostro, escuchando al inflexible juez.—¡Y todavía te indignas porque, aprovechando tus horas de culto á los ídolos, un bribón te ha robado la bolsa! Para lo bien que tú la empleabas... ¡Y todavía serás capaz de desenterrar el tesoro de Landrey, y darle el mismo paso, iguales despachaderas que á la hacienda que te dejó tu madre! ¡Ay de tí, si con tal objeto descubres ese tesoro! ¿No sé yo acaso que ayer, al soñar con él, pensabas en nuevos goces, en nuevas locuras?...—Y aquí el invisible juez tomaba forma humana: era doña Catalina, del color de la cera, con los párpados cerrados, la nariz afilada, la boca sin labios, las manos en los puros huesos, toda ella de una catadura tan espantable y temerosa, que Gastón quitaba el pañuelo y miraba al ataúd con ojos de loco...

Entretanto resonaban los sublimes acentos del Dies iræ, y el viejo conde del Sacrovalle decía al derrengado marqués del Altocueto:

—¿Sabe usted que noto al sobrino muy afligido? Tiene buenos sentimientos ese muchacho...

La misma noche, en el tren correo, salieron Telma y Gastón hacia el Noroeste, con rumbo al castillo de Landrey.


V
Landrey