De tres maneras tuvieron que viajar Gastón y su leal servidora antes de sentar el pie en el castillo: al dejar el tren, tomaron la diligencia que por una carretera provincial descuidada conduce á la Puebla de Beirana, y antes de llegar á la Puebla alquilaron dos peludos y trasijados rocines con su espolique y bagajero, para el trozo sin camino practicable que conduce á «las torres.» Al pronto, en aquella hora del crepúsculo, Gastón no distinguió, de su casa solar, sino una masa informe, un hacinamiento de construcciones pintorescas destacándose sobre el fondo de un celaje verde claro, más bien que azul, realzado al poniente por una franja de oro pálido, blanco casi. Armado de una vara de mimbre cortada en un seto, Gastón arreaba á su fementida cabalgadura, cuyos cascos golpeaban duramente la calzada de piedras, desasentada ya é invadida por las hierbas, que conducía á la alta puerta del patio de honor, flanqueada por cubos ó tamboretes, y superada por gallardo escudo con penachos de hiedra. La decoración entrevista parecióle grandiosa. Al mismo tiempo, sintiendo que le lastimaba la grosera albarda del jaco, se acordó de sus lindos poneys de París, hoy vendidos, y pensó con melancolía que probablemente nunca le sería dable oprimir el lomo de otro animal tan fino y tan ardiente como Digby, hijo del famoso Douglas I y de la yegua árabe Zelmira, traída de Argel por el coronel de spahis La Morlière... El hombre viejo, el civilizado epicúreo, renacía ya, sin querer.

Ocurriósele, además, que iba á pasar una noche de perros, y varios días y noches no más agradables, porque el tal castillote debía de estar incivil, después de tantos años que no se habitaba. El mayordomo, de quien sólo sabía Gastón que se llamaba don Cipriano Lourido, y que era alcalde de la Puebla, si bien no había sido avisado de la llegada del amo, una cama, al menos, se la podría ofrecer. Con esta confianza empujó la cancilla de troncos sin labrar que sustituía al portón bardado de hierro, y penetró en el patio, llamando á gritos por alguno. Telma, apeándose ágilmente, comenzó á gritar también. El áspero ladrido de un perro fué la única respuesta. La puerta del castillo estaba cerrada á piedra y lodo. Por fin, á una ventana con reja se asomó un rostro lleno de arrugas, y una vejezuela preguntó con hostil acento:

—¿Quién anda por ahí?

Telma, en dialecto, respondió, no menos enojada:

—Es el amo, el señorito, el dueño de esta casa, y si no abrís pronto, veréis lo que os sucede.

La bruja desapareció, y por diez minutos no se oyó nada; diríase que era un castillo encantado. Entonces el bagajero, rascándose la cabeza con sorna, dió su parecer:

—Convendría que el señorito bajase á aposentarse en la Puebla, porque don Cipriano Lourido había más de cuatro años que no vivía en el castillo; como que tenía en la plaza una casa muy magnífica... Allí, en el castillo, sólo estaban unos caseros, puestos por Lourido mismo... Era dudoso que abriesen á tales horas.—¿Y por qué no me dijiste eso cuando me bajé de la diligencia, pavisoso?—exclamó Gastón.

—¡Señorito... porque no me preguntaban...!—repuso el bagajero con gran flema.

Iba el castellano de Landrey á montar en cólera, cuando corrieron unos rechinantes cerrojos, abrióse la puerta, y el casero, receloso y humilde, apareció murmurando: