—Buenas noches nos dé Dios...

Á la luz de una mala candileja de petróleo, subió Gastón la escalera de piedra que conducía á un piso alto. Eran aposentos vastísimos, salones más bien, con desconchadas pinturas al temple y restos de un mobiliario que debió de ser suntuoso, pero que se caía á pedazos, destruído por el abandono y la humedad. En algunas partes el techo se encontraba agujereado, y el chorreo de las goteras había podrido el piso, cuyos carcomidos tablones cedían bajo el pie. Notábanse también sitios vacíos donde habían existido muebles, y tablas arrancadas, quién sabe si para cebar el fuego en una noche de invierno. Telma, recorriendo todas las habitaciones mientras Gastón comprobaba estos detalles, volvió despavorida: ¡no había sábanas, no había manteles, no había comida, no había leña, no había nada, nada, y allí era imposible vivir!

—Una noche se pasa de cualquier modo, mujer, y mañana Dios dirá,—respondió el mozo haciendo de tripas corazón.—Aún tenemos fiambres del viaje, y hay media botella de ponche sueco. Dormiré envuelto en mis mantas, y tú te arreglarás con tus mantones. Paciencia...

—Yo, si lo siento, es por el señorito,—contestó la criada.—Lo que es por mí... ¡Ay, señorito! este castillo pone miedo á cualquiera. Cuando salí de aquí tenía yo dos años; me llevó consigo doña Catalina, que me quería mucho, y después quedé con don Felipe, su abuelo de usted, que en paz descanse... No sé cómo estaría esto en vida de don Martín. Pero siendo ya muchachona, vine á asistir á mi padre cuando murió, y me acuerdo muy bien de que aquí no faltaba cosa ninguna: ni el mueble de seda, ni las camas con adornitos de metal, ni la blancura en los armarios, ni los relojes riquísimos, que los trajera don Martín de Inglaterra... Mi padre lo cuidaba todo, y daba gloria ver estas habitaciones. Pues no ha pasado tanto tiempo, ¡treinta y tantos años! ¿Dónde va la riqueza que aquí había? El casero dice que á él se lo entregaron así...

No hizo objeciones Gastón, y aunque ardía en deseos de registrar su morada, comprendiendo que sin luz sería imposible, resolvió despachar el ala de pollo y la terrina de hígado trufado que aún le quedaba, y enrollando al cuerpo la manta, se tendió sobre un canapé Imperio, desvencijado, ratonado y con hernias de pelote.

Ya se deja entender que dormiría medianamente, y que no fué menester que le despertase el vigilante gallo. Á la primera luz matutina se puso en pie molido como cibera, y sacudiéndose y esperezándose, examinó mejor la sala donde había pasado la noche, encontrándola, si cabe, más maltratada y lastimosa. Sin embargo, una nota alegre y fresca le regocijó; era una golondrina, que entrando por la ventana sin vidrios, exhaló un pitío al huir asustada de la presencia de un ser humano.

Al pronto Gastón, sorprendido, ni recordaba por qué estaba allí, en aquel desmantelado salón. Recordó de súbito, y la idea del tesoro se le figuró entonces un gracioso disparate, inspirado en una novela del género de Ana Radcliffe.—¡Haber venido aquí por eso!—pensó, embromándose á sí mismo. La verdad es que no era por eso sólo; también huía de la trapisonda de sus asuntos en Madrid, de las caras compasivas ó desdeñosas que suelen ver los tronados; huía de los compromisos, del veraneo en Biarritz ó en Bélgica, en el suntuoso château moderno de la Casa-Planell, de todo lo que antes formaba su placer y su costumbre... Volvía á Landrey, á la casa de la familia, arrojado por la tempestad.—Sin embargo, el tesoro había sido la estrella de su peregrinación... «¡El tesoro!» Llamó risueño á Telma, y sacando de la cartera algunos billetes,—porque el día de la marcha había mal vendido á la Pimiento, corredora de alhajas, diez alfileres de corbata primorosos, entre ellos el de la lágrima negra, perla muy rara que perteneció á Sara Bernhardt,—dijo perentoriamente:

—Hoy mismo traerás de la Puebla lo necesario para tí y para mí... Ropa blanca sobre todo... Buscarás un carpintero y un albañil... ¡ah! y un vidriero... Hay que poner habitables dos dormitorios, un comedor y la cocina... Después veremos...

—Beba el señorito esta leche,—suplicó ella presentándosela en grosero cuenco de barro.