Gastón la bebió de bonísima gana, y Telma añadió:

—¡Si viese cómo escondían la vaca y regateaban la ordeñadura los bribones de los caseros! Se la he sacado á tirones...

—¡Págales, págales su leche!

—¡Valientes pillos! ¡Como si no fuesen del señorito los prados y el dinero de la aparcería y el establo y todo!—refunfuñó Telma saliendo con aire belicoso, dispuesta á volver patas arriba la Puebla en un santiamén.

Emprendió Gastón la exploración del interior de su residencia, y volvió á comprobar su estado lamentable. Lo que más le llamó la atención fué que, aparte de la acción del tiempo y del abandono, había sitios en que colaboraba con ellos la mano del hombre. En los techos, sobre todo, notábanse huellas de vandalismo; las vigas arrancadas y el pontonaje descubierto. Varios salones, amueblados antaño, carecían de mobiliario, no quedándoles más que algunas sillas cojas, ordinarias, que jamás debieron de pertenecerles. Y, cosa más singular aún, en las paredes, donde no era posible que el edificio hubiese sufrido tanto, á raíz del piso, notábanse grandes espacios que sin duda se habían desmoronado, cuidadosamente recompuestos con recebo y llano muy recientes.

Buscando la escalera por donde penetraron la noche anterior, Gastón salió al vasto zaguán, y de allí al patio, deseoso de dar un vistazo á la parte exterior del castillo. En la tupida vegetación que alfombraba el patio, sólo blanqueaba un sendero, abierto por el paso de la gente. La fachada que caía á este patio era la del cuerpo de edificio donde había dormido Gastón; fachada relativamente moderna, de mediados del siglo XVIII, que decoraba una portada con columnas corintias y un escudo barroco con casco y cimera de plumaje enroscado.

—Este es,—pensó Gastón,—el Pazo, construído por mi tatarabuelo, á quien debía de parecerle, y con razón, muy incómodo el castillo.

Á la derecha alzábase una tapia, la del huerto, cuyos manzanos y perales sobresalían del caballete, y á la izquierda una recia poterna abovedada daba acceso al recinto del castillo. Faltaba la puerta, y Gastón se metió libremente en el recinto donde, como guerrero símbolo de gloria, crecía denso matorral de laureles, árbol que vive á gusto entre las piedras. Desviando aquella maleza aromática y trepando por una brecha del derruído parapeto, llegó Gastón al segundo recinto, y rodeándolo se halló al pie de la blasonada puerta de medio punto, de bien cortadas dovelas. Era la torre del Homenaje, todavía erguida y almenada, y que dominaba al conjunto propiamente llamado el castillo, obra que en el fino ajuste de sus piedras y en la solidez y elegancia de sus proporciones, así como en el diseño ojival de sus ventanas, proclamaba á voces ser construcción del siglo XV, época de esplendor para los señores de Landrey, ya entonces bien arraigados en el país, y siempre protegidos de los reyes de la casa de Trastamara. Prolongábase el recinto fortificado hasta mucho más allá de la torre, y formaba una especie de arrecife sobre el valle, indicando cuánta tuvo que ser la resistencia y poderío de aquel castillo, frecuentemente amenazado en las guerras de Portugal y en las luchas intestinas que señalaron el advenimiento al trono de la primera Isabel, en perjuicio de doña Juana, la Beltraneja. Parte del recinto, el que gozaba del mediodía, se había utilizado para construir el Pazo y plantar el huerto; en otra parte se cosechaba maíz; pero todo un lado, el que dominaba el río, encontrábase lo mismo que en tiempo de los Landrey belicosos; derruídos paredones, zarzales, y hasta robles ya corpulentos obstruían los baluartes á los cuales el río servía de inexpugnable foso natural. En la parte más saliente de la especie de península que formaba el conjunto del castillo, Gastón se detuvo al pie de otra torre, ó por mejor decir, de las cuatro paredes ya en parte desmoronadas de un alto y angosto torreón, erguido y majestuoso, negruzco y cayéndose de vejez con saeteras y pocas y estrechas ventanas, á todas luces muy anterior al castillo. Aquel era el verdadero solar, la primitiva madriguera del compañero de Beltrán Claquín, del hijodalgo bretón que vino á hacer casta en tierra española; y Gastón, penetrado de cierto respeto inexplicable, se paró al pie de la torre, cuya puerta, muy baja, obstruía un montón de piedras.