—Además de las obras,—prosiguió Lourido, que no creía sin duda prudente insistir en tan delicado punto,—hubo que dar labores para beneficiar las tierras, interponer demandas, sufrir prorrateos, sostener litigios... y todo lo adelantaba de su bolsillo el presente maragato. ¡He pasado tragos! Si no fuese que sabía que el señorito dejar no me dejaba descubierto... Porque cada uno necesita de sus pobrezas, y por falta de esos cuartos estoy yo boqueando, fuera el alma, como la sardina cuando la sacan del copo...

Realizando un esfuerzo heroico, Gastón se dominó.

—Pues por hoy me es imposible satisfacerle á usted esa deuda,—declaró resueltamente.

—El señorito tiene una manera muy fácil de pagar,—indicó felinamente Lourido.—Con me ceder el señorito las tierras de Landrey... que al fin nada le valen y el señorito ni se fija en ellas... porque el señorito, ya se ve, anda por Madrid y por Francia y esto poco le interesa... que es un rincón...

—¡Las tierras de Landrey!—repitió Gastón sintiéndose palidecer bajo la ofensa de la proposición, pero conteniéndose porque veía un rastro de luz y quería seguirlo.

—Ya sé que me meto en un perro negocio... sólo que, como el señorito no puede pagar y á mí me hacen falta los cuartos, tan cierto como que somos hombres... por salir los dos de esta mala andadura...

—¿Las tierras... y el castillo?

Lourido bajó los párpados para que no se trasluciese la llama repentina de sus ojos diminutos, y, colorado de emoción, contestó reprimiéndose:

—Ya se sabe... aunque el castillo no vale un ochavo... pero el que merque las tierras, el castillo ha de mercar; quien lleva la vaca lleva la soga...