—Año por año, ahí obra su firma redonda como un sol,—contestó Lourido hojeando con viveza los papeles.—Y sepa el señorito que la casa de Landrey tiene conmigo un crédito... un créditucho... poco, una cochinada. ¡Verá los comprobantes, verá! Por servir á la casa de Landrey me veo con el agua al cuello... que á veces me voy á fondo. ¡Nada! Me comprometí, vamos, y busqué el dinero... debajo de tierra.

—Debajo de tierra se encuentra dinero á veces,—replicó Gastón haciéndose el distraído, pero espiando la cara del mayordomo, á quien vió demudarse.—¿De modo que le debo á usted... cuánto?

—Para el señorito muy poco... Para un pobre como Lourido... un dineral... ¡Bah! todo lo más serán cuatro ó cinco mil duros... Desde que le administro, señorito, ni se me han satisfecho mis honorarios, ni los reparos y las obras que ejecuté en el castillo, con autorización de don Jerónimo...

—¿Reparos y obras?—preguntó Gastón, que empezaba á hervir en cólera.—¡Pero si está aquello inhabitable!

—Y ¿cómo estaría si yo me descuido? Ruinas nada más. Tuve que registrar y que afirmar la cimentación...

—¿La cimentación? Esa obra es la más á propósito para que un edificio se venga abajo...

Gastón sentía que un sudor ligero brotaba en sus sienes. Obras, registros y reparos le daban malísima espina; á cada paso se le hincaba más en la imaginación el recelo de que Lourido había descubierto el tesoro; y una ira sorda, pero furiosa, se alzaba en su alma como el torbellino de polvo en el desierto. ¡Aquel bandido, aquel buitre cebado en el cadáver de Landrey, engrosado con el espolio de la familia, quería consumar el robo reclamando todavía un dinero que Gastón no poseía ni podía reunir, y exponiéndole así á la vergüenza!