La aventura preocupó á Gastón, que se entregó á mil conjeturas impertinentes acerca de la desconocida excursionista. La curiosidad le inducía á dirigirse aquella misma tarde á la quinta para «presentar sus respetos,»—como se dice en la hipócrita jerga del mundo,—á la que había visto en la torre. No se atrevió, sin embargo, porque si la mamá de Miguelito era una señora cabal, de hecho tomaría por donde quemase tan inconveniente apresuramiento, y la acogida sería correspondiente á él. Resolvió, pues, no bajar á la quinta de Antonia Rojas hasta haberse enterado minuciosamente de la fama, hechos y calidad de aquella mujer, único medio que ha encontrado la sociedad para prevenir errores é inconveniencias. Por este sentir mundano de Gastón, comprenderá el lector que ya se había aquietado el bullir de aquel gusanillo que empezó á roerle el espíritu en los funerales de la Comendadora...
Deparó la suerte á Gastón los informes que deseaba más pronto de lo que pudo imaginar. Vino Telma de la Puebla, á donde había bajado por mil fruslerías indispensables en toda casa, y trajo un convite de Lourido, en regla, para el señorito: le aguardaban á comer al día siguiente sin falta. Como si se tratase de alguna invitación diplomática, Gastón envió temprano un billete aceptando y saludando á la señora y señoritas de Lourido. Para asistir al convite se acicaló Gastón... No obstante, al bajarse de un mal rocín en la plaza; al ver la antipática morada de Lourido, con su reluciente lápida de seguros mutuos, sólo se acordó de lo positivo; de que allí dentro habitaba un hombre con quien tenía pendientes asuntos de interés, y que acaso este hombre se había enriquecido desentrañando lo que don Martín de Landrey pensó dejar tan oculto. Subió, pues, las escaleras haciendo coraje y cachaza, y murmurando entre sí:
—¿Qué emboscada me preparará este malsín?
Lourido recibió al señorito bajo palio. ¡Qué honra para él, y para el señorito Gastón, qué penitencia!... ¡Comer en la pobre choza, él que estaría acostumbrado á no menos que vajilla de plata y servicio de oro, en mesas de príncipes! Si no dijo esto mismo el Alcalde, la esencia de su discurso sonaba á cosa parecida.
Gastón afirmó que comería divinamente, y entonces varió el registro Lourido, insistiendo en que no permitiría que el señorito se alojase más tiempo en tan desmantelada vivienda como Landrey.
—No le digo á usted que no, don Cipriano,—respondió Gastón aceptando un puro y sentándose en el sillón del escritorio del apoderado.—Lo he pensado bien, y es muy tentador venirse á esta casa confortable; ¡Landrey parece un hospital robado! Sólo que no me decidiré mientras no arreglemos los asuntos. Quisiera hacerme cargo del estado en que se hallan mis intereses por aquí... Como usted corre con esto... mejor es para los dos que hablemos de una vez.
—¡Alabado sea Dios!—respondió el Alcalde de la Puebla revolviendo los sagaces ojillos.—No hay descanso como tratar las cosas así de pe á pá... Con aplazamientos no hacemos nada.
Levantóse diciendo esto, y fué á abrir una alacenita de hierro incrustada en la pared. Trasteó en ella un rato, y al fin sacó en triunfo voluminoso mazo de papeles, sellados y por sellar; desató el balduque que lo contenía, y esparció sobre la mesa los legajos que despedían su olor peculiar á polilla y polvo.
—El señorito,—continuó,—querrá hacerme el favor de repasar estos documentos, que son los comprobantes de mi administración desde que el señorito heredó los bienes... Las cuentas del tiempo de su madre, que en paz descanse, aprobadas las tengo ahí. Las otras, también, que las aprobó el apoderado general, don Jerónimo, con poderes del señorito; de manera que yo, por mi parte, seguro estoy: mi pío es que el señorito quede contento y tenga satisfacción de que he cumplido con él y con la casa; y mientras el señorito no diga: «Lourido cumplió,» me molesta á mí el flato y no estoy á gusto...
—¿Dice usted,—interrogó Gastón,—que don Jerónimo aprobó esas cuentas?