Antonia Rojas levantó la mirada, rehusó con un gesto digno y afable, y sin alargar la mano al señor de Landrey, se puso en franquía con pocas palabras, corteses, pero llenas de reserva y aplomo.

—¿Me permite usted que la escolte hasta su puerta?—preguntó Gastón algo contrito.

—Voy siempre sola con mi hijo, y me he encariñado con esta costumbre,—respondió la señora trepando ágilmente por las piedras.

—¿Molestaré á usted al presentarla mis respetos?—insistió Gastón.

—Al contrario,—fueron las últimas palabras de Antonia, que sonrió un instante, de despedida, mientras Miguelito daba á su amigo el beso más voluntario; ese beso abierto y confiado de los niños á la gente que les ha caído en gracia.


VIII
Lourido