—Sí, pero me detendré bastante tiempo.

—¡Bien hecho! Lo merecen estas pobres piedras tan simpáticas y tan abandonadas. Me alegro en el alma de que esté aquí el señor de Landrey... y celebro que haga amistad con Miguelito, y que desentierren los capitales de la sultana, que ya habrán criado moho... Como usted no va á adivinar mi nombre, me presentaré, aunque sea incorrecto. Me llamo Antonia Rojas, viuda de Sarmiento, y vivo en una casita de campo, á poco más de un cuarto de legua de aquí. Si en algo podemos servirle...

—Conozco la casa. Es más, la he visto á usted en ella...

—¿De veras?

—Esta mañanita, á cosa de las seis, en el jardín... Miguelito estaba cerca del estanque, y usted salió de casa; llevaba usted un traje claro, y un sombrero mayor que ese... Cogió usted de la mano á Miguelito... ¡Ah! También había un perrazo negro, muy hermoso...

Ligero rubor se extendió por la morena cara de la viuda, y Gastón comprendió que pecaba de indiscreto. Sus reflexiones lo eran, de seguro, pues giraban alrededor de un punto que realmente no tenía por qué importarle:

—¿Esta mujer que la casualidad me trae aquí, es una persona formal? ¿Es siquiera lo que se dice una señora?

La fatuidad y la extrañeza debían de transparentarse en su cara, porque la dama, hasta entonces tan franca y corriente, se puso grave, y miró de soslayo hacia los anteojos marinos de Gastón.

—Estos son los culpables,—dijo aturdidamente el mozo,—y si usted les guarda rencor, yo se los ofrezco para que los arroje, si gusta, al río...