—¡El tesoro!—repitió con una emoción que le ponía la voz temblona.

—El tesoro de la Reina mora,—explicó la dama riendo.—¿Es usted forastero? Entonces no tiene nada de particular que no sepa que en esta torre estuvo cautiva una sultana, y la sepultaron con sus alhajas en una mina descomunal que hay debajo, y que llega hasta los antípodas...

Gastón sintió frío... En vez de confirmar sus ilusiones, la leyenda, referida así en chanza, las prestaba color de insensata quimera. ¡La graciosa boca que se burlaba de la mina, disipaba á la vez los sueños de oro!

—Nada de eso sabía, señora,—dijo disimulando el cuidado,—pero si el tal tesoro anda por aquí, Miguelito y yo lo encontraremos.

—¡De fijo!—contestó con el mismo aire de buen humor la dama.—En asociándose...

—Para que Miguelito y yo nos asociemos—insistió, Gastón,—es preciso que su mamá nos autorice á ser amigos; y para que se digne autorizarnos, que sepa quién es el futuro amigo de Miguelito... Me llamo Gastón de Landrey.

—¡De Landrey!—repitió ella con acento de sorpresa y simpatía.—¡Es usted el dueño del castillo!

—En este momento no,—contestó Gastón galantemente.

—Gracias otra vez... ¡Landrey!—murmuró la señora como hablándose á sí misma.—¡Qué bonito nombre! ¡Qué antiguo en este país! ¿Es la primera vez que viene usted á su casa?