Ningún caso hizo la señora del ofrecimiento; ligera como una corza salvó el montón de ruinas, y brincó al otro lado, palpando al niño con ansiedad. Segura ya de que no se había hecho daño alguno, volvióse á Gastón diciendo:
—Mil gracias... ¡Si no es por usted, este diabólico...!
Mirábala Gastón de hito en hito, sorprendido de la aparición. Tenía delante á una mujer que representaba de veintiséis á veintiocho años, alta y bien proporcionada, de gentil presencia. Su traje, singular en aquel rincón del mundo, era el que prescribe la moda á las excursionistas; una falda de tartán escocés á cuadros verdes y azules, bastante corta, polainas de paño sujetando fuerte y holgado zapato de cuero, y gabancillo de alpaca azul, recto y flojo, sobre el cual un cuello vuelto, de batista sin almidonar, dejaba libre la garganta. Esta era morena y mórbida, y remataba en una cabeza que no podía llamarse hermosa, pero sí expresiva y agraciada. El sol y el aire habían dorado la tez, y sus tonos de ágata fina aumentaban la luz de los garzos ojos y la frescura de la boca limpia y grande. El cabello, oscurísimo, se recogía en sencillo rodete bajo el sombrero marinero de paja amarilla, sin más adorno que el ala disecada de una paloma. Llevaba la señora guantes gruesos, de hilo, y á la cintura una escarcela de charol. Gastón se inclinó, se descubrió y dijo extremando el rendimiento:
—¡Ojalá fuese verdad que yo hubiese tenido la fortuna de servir á usted de algo! Soy tan inútil, que ni aún quiso usted que la ayudase á salvar las piedras...
—Estoy muy acostumbrada á pasos difíciles,—respondió la excursionista,—y como usted comprenderá, ahí por los pedregales y los derrumbaderos no siempre se encuentran señores amables que ofrezcan la mano... Miguel, hijo mío, dí, ¿no te has hecho mal?
—¡Qué mal!—chilló el travieso con vocecilla aguda.—¡Si no necesité del señor! Salté perfectamente solo...
—Calla, fanfarrón... Si no fuese tu antojo de entrar en la torre de la Reina mora, no molestábamos á este caballero... Dale las gracias, y vámonos, que es preciso volver á casita antes que se enfríe el caldo...
—¡Yo no me voy!—replicó el chico.—¡No me voy sin buscar el tesoro!
Atónito se quedó Gastón al pronunciar el niño tales palabras.