¿Existía en realidad el tesoro, no aquí ni allí, sino en alguna parte, oculto, difícil, pero no imposible de encontrar? ¿Ó era sólo delirio de un moribundo y una reclusa? Y si no deliraban, si en efecto el tesoro se depositó en algún escondrijo del castillo, ¿no lo había descubierto nadie durante los sesenta y pico de años que la mansión de Landrey llevaba entregada á manos pecadoras? ¿Aquel don Cipriano Lourido, ave de rapiña cebada en el cuerpo de sus amos, no podría haber olfateado las enterradas riquezas?
Al ocurrírsele esta probabilidad, Gastón se fijó en ella, herido por un destello luminoso. Recordó las vigas arrancadas, las paredes recebadas de nuevo, las piedras de la torre removidas á mano y amontonadas como para disimular la puerta, y estas señales extrañas le pareció que demostraban con elocuencia la sospecha que germinaba en su espíritu.
—Si Lourido no descubrió el tesoro, por lo menos lo ha buscado,—discurrió con lógica.—¿Será esa la explicación de su fortuna y el cimiento de aquella casa tan maja en la plaza Mayor de la Puebla?
Otra vez repasó en la memoria las palabras del papelito amarillento: «Hallarás lo que buscares...» Con la ayuda del plano quemado por doña Catalina, debían de ser clarísimos los pocos y enigmáticos renglones. Faltando el plano, un logogrifo. Lourido no tenía ni plano, ni el papelito siquiera.
—Le llevo una ventaja,—dedujo Gastón,—y si no acierto es que seré doblemente torpe que él.
Volvió á recordar la misteriosa cláusula: «Si guiado por el Norte siguieres el camino que seguían los antiguos en peligro de muerte...» ¿Cuál podía ser el maldito camino? Se golpeó la frente Gastón. ¡Una mina que permitiese á los moradores del castillo, sitiados y no pudiendo resistir, huir por ignorado subterráneo y salvarse! ¡Una mina... la mina que las gentes del país prolongaban diez leguas, y donde creían sepultada á la Reina mora!
¿De qué manera encontraría la mina? Por dos sitios podía intentarse; ó desde el castillo mismo, ó donde desembocase: á orillas del río, ó en la montaña. La única indicación algo exacta era la de «guiado por el Norte.» Al Norte estaba la torre vetusta, y de ella tenían que arrancar las exploraciones. Sin embargo, el calabozo no ofrecía resquicios; la obra subterránea del torreón moría allí.
—Volveré con una linterna, un pico y una pala,—pensó Gastón, que lejos de desalentarse, sentía crecer su engreimiento.
Engolfado en tales propósitos le sorprendió un ruido á sus espaldas. Eran dos voces, una infantil, otra muy timbrada, de mujer, que discutían. Antes que se diese cuenta de nada Gastón, un niño como de ocho años saltó por las piedras hacinadas en la puerta, á riesgo de torcerse un pie, y con agilidad vino á caer al lado de Gastón, que le amparó con los brazos, le sostuvo y le libró de un descalabro cierto. La mujer exhaló un chillido y trepó impetuosamente por las primeras piedras en seguimiento de la criatura, y Gastón corrió en su auxilio, gritando:
—Cuidado, señora... que esas piedras ceden... apóyese usted...